lunes, 25 de junio de 2018


EL RECUERDO AGRADECIDO PARA UN FUTURO ESPERANZADO

Sólo queda en estos momentos contemplar el tiempo y proclamar “Gracias” en mayúscula. Mejor decir “muchísimas gracias” al Dios de la Vida por estos veinticinco años de vida sacerdotal al servicio de la Iglesia, nuestra Iglesia Diocesana, y a las realidades en las que Dios me ha ido situando en este espacio de tiempo.

Tras trece años en nuestro querido Seminario Diocesano de Badajoz, viví la oportunidad de compartir la etapa del Diaconado en las Parroquias de Nuestra Señora de los Milagros y San Antonio de Mérida siendo acompañado en los primeros pasos pastorales y en el encuentro con la realidad diocesana por Joaquín de las Heras, Manuel Alvarez y Juan Miguel García. Fue una experiencia única, especialmente por lo bien que me cuidaron y mi primer contacto de trabajo con el presbiterio diocesano. Viviendo entre ellos llegó la fecha de la Ordenación, un 26 de junio de 1993.

Antes de vivir el primer destino tocaba realizar el Servicio Militar y tuve la oportunidad de compartir mis primeros meses en la Parroquia de Santa María de la Dehesa de Cuatro Vientos en Madrid junto a Ángel Cordero y Gregorio Orduña. Una experiencia que siempre resumo como un regalo de Dios en medio de una realidad curiosa, la mili de entonces, que tanto me aportó y de la que guardo grandes amigos de los que presumo.

Llegó el verano de 1994 y el primer destino diocesano: Parroquia de Santa Ana de Magacela (“sencillamente la niña de mis ojos”) y Vicario Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Villanueva de la Serena. Siete años de vida intensa y de muchísimo trabajo, primeros pasos y primeros fallos, pero con mucha ilusión y esperanza. En esta etapa también acompañado por Teófilo González.

En el 2001 otro destino: Las Comunidades parroquiales de Jerez de los Caballeros, sus poblados y los Valles, de Santa Ana y de Matamoros, para vivir una experiencia única y preciosa, además de completa en la vida ministerial. El destino era a un equipo sacerdotal con Antonio Becerra, Gregorio Fernández, Antonio Laureano, y José María Campanón. Esta etapa fue clarificadora en todos los sentidos y para madurar con cierta rapidez. La realidad se imponía y el trabajo y el servicio mantenía siempre viva la llama de la fe y de la esperanza ante realidades  a veces complejas, pero tan reales como la vida misma. Mario Corrales llegó en mi último año en Jerez y los poblados. El equipo sacerdotal ya no existía por  decisiones del gobierno diocesano, aunque él y yo mantuvimos la misma forma de trabajo coordinado.

Y desde julio de 2008 aquí en Villanueva de la Serena, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y en la Comunidad de las Hermanas Concepcionistas Franciscanas. Y sin darme cuenta, han pasado veinticinco años. En esta atapa, tres Obispos, Don Antonio, Don Santiago y Don Celso; varios Colegios, dos institutos, otros cargos diocesanos, comunidades religiosas de vida activa y contemplativa, … un poco de todo como cualquier sacerdote diocesano secular.


Me quedo con el regalo de la Iglesia en cada una de las comunidades parroquiales en las que he vivido, con mis compañeros sacerdotes de los arciprestazgos y especialmente en tantas y tantas personas que viven en estos pueblos y ciudades a las que he conocido, servido y amado y con las que he trabajado codo con codo. Y todas las que me siguen queriendo y acompañando desde aquellos primeros días.

Hoy sólo digo “Gracias Señor, mil gracias de verdad”, …. Hoy toca contemplar y disfrutar de todo este camino recorrido. Y recordar especialmente a  mis compañeros Francisco José, Marceliano, Juan, Javier, y Juan Manuel que recibieron, al igual que yo, el ministerio sacerdotal y a José Luis que fue ordenado de diácono. El tiempo, la vida, Dios mismo, nos ha ido poniendo a cada uno en diferentes lugares y respuestas de vida. Pero quedará lo más importante: el Padre quiere que seamos felices en la realización de nuestras vidas.

Poco a poco iré escribiendo la memoria agradecida de este espacio de tiempo y lo iré sirviendo a través de este sencillo blog parroquial. Rezad por mí, por todos mis compañeros, y que Dios anime y fortalezca nuestra diócesis con nuevas vocaciones ministeriales.

25 años no son un ayer que pasó, es una memoria que se recrea en lo que aún queda por vivir.

lunes, 5 de marzo de 2018


TIEMPO PARA VIVIR UNA FE COMPARTIDA

Al salir Jesús de las aguas del Jordán, bautizado por su primo Juan, se inicia una etapa de silencio en el desierto, de búsqueda para aclarar el sentido de su vida, de encuentro consigo mismo y con Dios.

Tras esta etapa nos encontramos con una personalidad diferente -“esta forma de enseñar es nueva”-, cargada con los signos concretos de la vida de los que se encuentra a su alrededor. Es un caminante incansable que llama a un grupo a estar con Él y a compartir la vida entre todos; es un maestro que enseña con un lenguaje limpio y transparente hablando muy bien de Dios, su Padre y nuestro Padre, y de su reinado en medio de los hombres, con una parcialidad especial hacia los más pobres, pequeños, indefensos y débiles; es un sanador del cuerpo y del espíritu haciendo renacer oportunidades nuevas en quienes carecían de ellas o se las habían quitado en nombre, incluso, de la fe; es un creyente con una experiencia profunda y una mirada de altura para fortalecer la fe, y ser testigo para vivir y cumplir la voluntad de Dios.

La cuaresma, el tiempo que estamos viviendo en la Iglesia, nos enseña a seguir muy especialmente los pasos de Jesús, animando y fortaleciendo nuestra fe y queriendo vivir especialmente los signos de su misericordia y de su compasión.

En nuestra comunidad parroquial ha tenido mucho valor encontrarnos reunidos en torno a su Palabra y a los signos realizados en su vida. Lo hemos recreado, escuchado, reflexionado y orado en algunas páginas concretas de los evangelios. Los Ejercicios Espirituales Parroquiales celebrados la semana pasada nos han introducido en la experiencia de aquellos que se encontraron con Jesús. ¡Qué bien nos ha guiado la sabiduría y la sencillez de la Hermana Isabel a la que estamos profundamente agradecidos! Ella ha conseguido acercarnos el pan de la Palabra como el alimento más sencillo, pero más real, para llevarnos al corazón misericordioso y compasivo de Jesús, a la vez que nos invitaba a vivir la fe en comunidad, con los demás, haciendo la experiencia de una pascua nueva que llama a la esperanza del encuentro con el Resucitado.

Creemos en un Dios que sale hacia nosotros como le ocurrió a la mujer samaritana o al paralítico de la piscina de Siloé; creemos en un Dios a quien buscamos al estilo de Zaqueo o la mujer pecadora que entró en casa de Simón el fariseo; y aceptamos que no hay fe en solitario, que solos no podemos vivir ni el aprendizaje, ni la experiencia, ni el testimonio de la fe, como le ocurrió a los caminantes de Emaús o a algunos apóstoles en la pesca del lago de Galilea. Todas estas personas se sintieron bien en la presencia de Jesús, acogieron su palabra, se llenaron de los signos de la compasión en los que no había ni rechazo ni exclusión; abrieron su vida a la experiencia de un amor transformador y liberador de ataduras, malas miradas, desprecios, miedos, dudas, debilidades, … así es Jesús, quien hace camino en esta cuaresma con cada uno de nosotros.

Y de nuevo hemos vivido, por tercer año consecutivo, la experiencia de las “24 horas para el Señor”. Una jornada completa de oración personal y comunitaria, y de celebraciones en las que tenían especial presencia las dos vigilias, tanto la de jóvenes como la de adultos. Nos volvieron a recibir con mucha alegría nuestras Hermanas Concepcionistas abriendo las puertas de la Capilla a todos los que quisimos asistir y estar largo tiempo con el Señor. De nuevo se escucharon sus palabras: “¡Hoy quiero hospedarme en tu casa!”.

La Cuaresma es tiempo fuerte de fe, pero nunca solos. Nos necesitamos unos a otros. En la comunidad se recuperan las fuerzas y como dice la canción, estas se rehacen en la mesa. Que apostemos por la necesidad de vivir una fe compartida.

sábado, 3 de febrero de 2018

ESTAR, SENTIR Y HACER

Con la tranquilidad que da el estar ya en casa, después de un día sin parar, vuelvo a releer tranquilamente el evangelio de este domingo. De nuevo Cafarnaún en la escena. Jesús ha estado predicando en la sinagoga y sale hacia la casa de Pedro. Los signos en este pasaje de san Marcos son importantes, especialmente el gesto de salir: sale del lugar oficial de la religión hacia el espacio más entrañable de la vida como es la casa, el hogar. Anteriormente él había “enseñado con autoridad”.

Hago oración agradeciendo al Padre el encuentro de jóvenes y niños de la Acción Católica General de nuestra diócesis que, desde ayer hasta hoy, han estado viviendo una jornada de encuentro, de convivencia y celebración en Mérida. Han aprendido que la autoridad de Jesús se hace servicio y voz del evangelio en la realidad concreta de sus parroquias y de sus pueblos y ciudades. Ellos, como Jesús, no quieren sentirse asustados ante la realidad, sino que quieren vivir en ella para aprender a ser mejores cristianos.

Jesús, ante la enfermedad y la fiebre de la suegra de Pedro, responde con el don de su presencia. A Jesús no le asusta la cercanía de los demás, ni la enfermedad o el sufrimiento; Él asume la realidad en la que hay gozos y sombras, alegrías y tristezas; ama esta realidad que le rodea y la asume adentrándose en ella. Se acerca a aquella mujer para compartir su dolor; la coge de la mano sin importarle la impureza ritual religiosa de su época, y la levanta de su situación para llamarla de nuevo a la vida compartida con los demás.

Sorprende la cercanía y el corazón compasivo de Jesús, y la paz que engendra a su alrededor. La religión oficial, el culto del templo, “realizado por separaciones y exclusiones” jamás hubiera transmitido esta paz, ni este “saber estar, saber sentir y saber hacer” al estilo de Jesús. Todo esto ocurría en Galilea, aquellos pueblos del norte donde la suspicacia religiosa oficial afirmaría que “de allí no puede salir algo bueno”.

En nuestra Iglesia, en nuestras comunidades parroquiales nos encontramos con tantas personas que hacen de sus vidas un ejemplo constante de entrega. Así queremos que lo descubran los niños y jóvenes en el encuentro de hoy. Ellos son “centinelas” en medio de la noche del dolor y del sufrimiento. Se han adentrado en la realidad, aman y sirven sin mirar a quien y entregan signos importantes de salud y de dignidad. No puede asustarnos, ni echarnos atrás que la labor humanitaria y social de la Iglesia no se conozca en su totalidad o se conozca poco porque sencillamente hay que seguir realizándola.

Tantas personas que viven “a la caída del sol”, en medio de sombras, de tristezas y sufrimientos, de pobrezas y debilidades que nos llegan como a Jesús buscando una Iglesia servidora, compasiva y samaritana a la que importe, y mucho, la persona tal y como es, y que la palabra de la misma Iglesia esté avalada por los signos de la misericordia. Un cristianismo de encuentro en lo cotidiano, en el hogar, en la casa.

Pero Jesús busca la otra fuente de su verdad: tiempo para orar, tiempo para estar con el Padre. No sólo actividad y de la buena, también mucha oración, en descampado, en la madrugada, a la salida del sol. Nuestros jóvenes y niños también lo pueden descubrir: todo lo vivido hay que ponerlo en las manos de Dios. Contarle al Padre nuestra vida, el encuentro con los demás, el colegio y el instituto, la familia y la parroquia, … para contemplar a Dios en medio de todo y vivir la comunión con Él y con Jesús. Esto es lo que llamamos experiencia de Dios.

El templo ayer y hoy era la Casa de la Iglesia y la Parroquia de Santa María, el Perpetuo Socorro, pero también las calles de Mérida, como lo son las calles de nuestras realidades. En estos espacios recibimos de nuevo la llamada: “vámonos a otra parte para predicar también allí”. La Buena Noticia no puede permanecer quieta, ni es solamente para algunos; es patrimonio de todos y Jesús quiere que eche raíces en cada uno de nosotros.


“¡ Ay de mí si no anuncio el evangelio!”. Hoy hemos sentido la alegría del encuentro con Dios y con los demás. Vivamos en la Iglesia la esperanza de salir hacia otros lugares y hacia otras personas para transmitir la fe. ¡Feliz día, feliz descanso, … hasta el siguiente!