Al finalizar la eucaristía de esta tarde han sonado varios cohetes que anunciaban que nuestro vecino barrio de la santa Cruz está celebrando sus fiestas. Y a mí me han transportado a mi querido pueblo, a mi Don Álvaro del alma, a mi familia y amigos, porque este fin de semana están celebrando las fiestas en honor, también, de la santa Cruz, y son las más importantes y significativas del calendario entre los míos. Los he recordado durante todo el día, porque en mis casi dieciocho años de sacerdote es la primera vez que no he podido acompañarlos. Las obligaciones entre vosotros han exigido que no pudiera estar con ellos. ¿Qué le vamos a hacer? ¡ Así es la vida!.
Prometo que no lo digo con resignación, sino más bien con gratitud, porque vosotros sois la otra gran familia que Dios me ha regalado, y ¡qué pedazo familia! Mis queridas monjas de clausura por un lado y la vida parroquial al mismo tiempo. ¡Es que sois muchos!, y doy gracias a Dios por vosotros.
Y yo hoy la he querido vivir en dos signos concretos que me la han recordado y traído constantemente a la memoria y a la oración personal. El primero era la eucaristía de la mañana con las hermanas concepcionistas, cuando en mi pueblo sonaba con gracia la charanga en la diana por las calles, que invitaba a todos a levantarse del primer día de fiesta y “ponerse guapo” porque hay que asistir a la misa y a la procesión. En la sencillez del convento y en mi cabeza sonaban los sones y los cohetes, y los nervios de los que se levantaban, aunque alguno ya lleváramos más de una hora en pié.
El segundo eran las dos bodas que hoy se celebraban en la Parroquia. A la una se casaban Cesar y Sonia, dos jóvenes scouts, que habían preparado con mucha ilusión su ceremonia del matrimonio; y a las seis de la tarde se casaban Chiqui y Mariángeles, otros dos jóvenes que sentían de verdad la importancia de este paso tan importante. Los he querido vivir, y estoy seguro que ellos también, como un canto a la vida y a la entrega, que siempre son primicia de una historia que queda sellada por el amor y por la esperanza. Ellos están llamados a ser “la cruz de mayo” en sus historias personales y de familia, invitados a vivir lo que este signo significa entre nosotros.
Este año, la santa cruz en mi vida ha sido diferente, pero no por eso cargada de menos significado que los otros anteriores. Siempre la he entendido así, la he querido de esta forma, y así me gustaría que siguiera “sonando” en mi ministerio. Y rezo a Dios Padre para que todos nosotros podamos resucitar en esta pascua para transportarla en nuestra vida, y acompañarnos unidos y servicialmente por lo mucho que representa.¡ Ah, por cierto!, aún me queda poder estar en la misa de la Santa Cruz del querido barrio de nuestra ciudad. Si es que este Dios nos regala muchas posibilidades para vivirla y compartirla con los demás. ¡Este año ha sido de otra forma!.
