jueves, 5 de mayo de 2011

SIEMPRE NOS QUEDARÁ EMAÚS

En el corazón de esta Pascua nos encontramos con la experiencia de Emaús. Creo que conocemos bien el relato del evangelio de san Lucas, una auténtica catequesis sobre la vida del discípulo, y muy cercana a nuestra experiencia y lectura de lo cotidiano.

Aquellos discípulos toman el camino de vuelta, aparentemente sin haber comprendido nada, y con sus vidas rotas, por los suelos. Les puede la situación de desánimo, de ruptura con sus ideales, de lo que pudo ser y no llegó, del miedo e incluso angustia bien aderezados por la tristeza, … y la salida que aceptan es el abandono y la huída del lugar de los hechos, de la misma comunidad, … se marchan sin esperar y sin esperanza.

Hoy nos hemos reunido un grupo de sacerdotes amigos y hemos reflexionado nuestra vida desde este texto, aceptando que no es lejano a nuestro ministerio, ni a la vida de nuestras comunidades. Muchas veces nos tienta el desencanto, incluso la rutina; cuantas veces nos asalta lo que deseamos y con lo que nos encontramos; en muchas ocasiones un proyecto frustrado se convierte en arma arrojadiza para todos; en otras pasamos de la euforia a la tristeza, o del aplauso a la condena; … y en el fondo vivimos la primera experiencia de los de Emaús: aquel primer amor, aquellas primeras ilusiones no dieron el paso de la belleza del seguimiento a la fidelidad constante, sabiendo que el corazón y la entrega necesariamente se  entrelazan con experiencia de cruz y de vida. Y tomamos el camino de vuelta encerrándonos en nuestras ideas (- “nosotros esperábamos, pero ya ves lo que ha ocurrido estos días en Jerusalén” -), o no creyendo que las cosas pueden cambiar ( -  “es verdad que algunas mujeres nos han sobresaltado diciendo que han tenido una aparición” -).

¿ Que les ocurrió a aquellos caminantes? Seguramente habían conocido a Jesús y se ilusionaron, pero no habían comprendido casi nada. Sabían y conocían, pero sin experiencia de Dios y de este Dios diferente de Jesús de Nazaret. Nosotros oímos, escuchamos, seguramente aprendemos, nos formamos, … y esto está muy bien como primer paso, pero nos falta experiencia de Dios, nos falta leerle a Él en medio de nuestra vida, nos falta fiarnos en el fondo de Él, y así difícilmente le descubrimos. Emaús sin experiencia de Dios será siempre un camino de ida, pero desde Dios es camino de retorno, porque se calienta el corazón, se entiende su Palabra de vida, y se le reconoce en la vida compartida y entregada ( - esto es la Eucaristía - ) de tantos cientos y miles de personas, entre las que estamos y con las que vivimos.

Releer este texto pascual es una invitación a retomar nuestras vidas cristianas, nuestro ministerio, nuestras acciones pastorales, nuestras celebraciones cristianas, … es intentar descubrir el gozo del descubrimiento en lo que nos ocurre y acontece a nuestro alrededor. La experiencia del Resucitado en la vida de aquellos discípulos fue reconocer a Dios en medio del abandono porque jamás los abandonó; es darle acogida para transformar su desencanto en escucha y aceptación; es abrirle toda su vida sin esperanza alguna, con transparencia, para dejarle a Él que oxigenara su mala fortuna; fue dejarle caminar a su lado para cambiar su extrañeza ante aquel forastero por la posibilidad del encuentro; le dieron hospedaje al peregrino para que le abriera de nuevo la mesa compartida; … sencillamente dejaron a Dios ser Dios, para tener una verdadera experiencia de fe y de vida, de encuentro y de búsqueda de la primera comunidad, de aceptación y de transmisión por tanto descubrimiento.  

Y aquel Emaús es hoy también Villanueva de la Serena, o cualquier lugar. Mucha formación, mucha celebración, mucho sacramento, y a veces con cosidos o zurzidos en medio de la vida porque hay que hacer cosas, y creo que muchas muy necesarias, pero sin experiencia de Dios o del Resucitado. Y así nos ocurre, que nuestros ojos se ciegan para verlo o para descubrirlo. Nos sentimos caducados o fuera de juego en medio de este mundo, aparece el miedo, la tristeza y la angustia, nos acostumbramos a la rutina y se hace presente el camino de huída, no ya a Emaús, pero sí a nuestras seguridades o porqué no, a las normas de siempre o a lo que digan que hay que hacer.

Hoy se nos invita a creer de verdad, a dar razones de esperanza, a ensayar nuevas posibilidades, a retomar y emprender caminos de búsqueda, a no desfallecer ante cualquier dificultad, a rejuvenecer constantemente, … pero en medio de nuestra vida, de nuestras comunidades, de nuestras realidades, … sabiendo que el Resucitado va por delante de nosotros y lo encontraremos en Galilea, en el mar de la vida, en la profundidad y las dificultades del mar de altura, donde todo se mezcla, y el riesgo y la debilidad están presentes. Y descubrirlo en cualquier signo de gratuidad, de perdón, de bondad, de entrega, de servicio, de escucha de la misma realidad, de vida, … porque siempre hay mucho que descubrir, y le reconoceremos a Él que se sigue sentando en nuestra mesa, que sigue haciendo historia en nuestra historia y nos explicará cuanto vivimos desde la profunda experiencia de un Dios que nos llama a emprender continuamente el camino de vuelta hacia Él y hacia los demás.