miércoles, 11 de mayo de 2011

FRUTOS DE ESPERANZA EN LA ENFERMEDAD

En nuestra realidad más cercana existe siempre una dosis de sufrimiento y de tristeza. En ocasiones nos afecta personalmente y en otras a los grupos de amigos o conocidos que tenemos. Sufrimos cuando las cosas no salen bien o como se habían programado; cuando alguna persona engrosa la casi interminable lista del paro; cuando fallece alguna persona de nuestra familia; o cuando nos sentimos solos o casi nadie parece comprendernos, …

Ayer me llegó la noticia de la enfermedad repentina de un buen amigo, que además es una gran persona, y la conocida y cercana enfermedad de un familiar directo que lleva más de un mes hospitalizado. Surge en mi interior y en el de cualquier ser humano “la pena” por el dolor que ya provoca esta enfermedad y el miedo que la acompaña. Así lo hemos vivido con tantas personas. Intentas ponerte en el lugar de su esposa o de sus hijos y los momentos difíciles que están viviendo en esta tensa espera de los informes médicos, y las posibilidades que tiene de curarse y salir adelante, porque es lo que en el fondo siempre todos esperamos escuchar.

Es verdad que la enfermedad nos desorienta y la hospitalización nos asusta. Pero es necesario ser agradecidos por vivir en esta realidad en la que cientos y miles de profesionales sanitarios velan constantemente por nuestra salud. Una buena actitud es tener confianza en ellos y fiarnos de sus conocimientos y su buena práctica médica. Hay que pensar que ellos pueden sanar, y de hecho lo hacen miles de veces, además de acompañar el proceso de la enfermedad de las personas. Sus palabras, sus gestos, su cercanía, nos hablan y nos provocan a creer de verdad en ellos y esto dice mucho de la bondad de las personas y de la entrega que realizan.

Otra realidad que mueve la misma enfermedad es la atención y el mimo de la misma familia y de los más cercanos. El enfermo rara vez está sólo y qué lástima cuando alguien vive la enfermedad en soledad. Los familiares directos sacan tiempo y fuerzas para saber estar cerca y acompañar, con lo largo que se hacen los días en un hospital.

Pero siempre aparece la pregunta del por qué. ¿ Por qué a mí, o a los míos? ¿ Por qué en este momento de la vida cuando el viento venía favorable? ¿ Por qué a esta persona buena que ha hecho del trabajo y de su familia la mejor de sus cartas de presentación? ¿ Por qué Dios mío? Y tantos otros muchos interrogantes que buscan una respuesta y no es fácil encontrarla.

Seguramente nuestra oración parece más cercana, más compasiva, más solidaria, y acudimos a Dios buscando en Él nuestra confianza y nuestra esperanza. Y sabemos que está ahí cercano, que siempre nos acompaña con el vino de la alegría y el aceite del consuelo como ocurrió en la parábola del buen samaritano, pero además moviendo nuestra vida hacia la gratuidad y la entrega sin reservas.

Y los beneficios aparecen: aprendemos a escuchar y no dar soluciones rápidas; comprendemos que la enfermedad está presente en la vida humana, pero intentamos remediar cualquier situación de sufrimiento; ponemos ilusiones y esperanzas en el día a día, queriendo vivir con intensidad cada momento, y haciendo lo más feliz posible la vida al que sufre; nos preocupan las personas y así debería ser siempre; somos mucho más cercanos a los familiares y a los amigos; se pregunta por los demás y se espera tener buenas noticias porque nos importa que todo esté mejor; nos se oculta la enfermedad pero se pide que las secuelas del dolor sean las menos posibles; … y siempre se abre la puerta a la esperanza, que se encuentra en Dios y en los demás, desde esa oración sencilla del domingo pasado: “¡ Quédate con nosotros porque la noche está cayendo!”.

Yo te pido hoy, Señor, por estas personas y las muchas que se encomiendan a nuestra oración. Que la presencia del Resucitado quite los velos del miedo y del sufrimiento ante lo inesperado. Que seas fortaleza y ánimo en los que tienen menguada su existencia y limitada su salud. Anima sus vidas con la presencia de los suyos y la sabiduría de los médicos. Seguramente pediremos la salud o el milagro en la enfermedad, … descúbrenos el milagro cotidiano de la vida, de la entrega, de la cercanía, del amor, del servicio y de la gratuidad. También en estas circunstancias podemos descubrirte como el Resucitado que siempre aparece, aunque con los signos de la cruz en la que entregó la vida para que la acojamos en la debilidad, donde tú nos hablas y nos orientas. Que siempre digamos como el centurión: “ no soy digno pero una palabra tuya me basta, me da salud, me abre la puerta de la esperanza y me reconforta en el dolor”. Y ayúdame a descubrir tu voluntad que siempre es historia de salud, historia de salvación.