En este espacio de nuestra tierra extremeña nos encontramos en plenas labores de recolección de los frutos del campo. Han terminado las cosechas del secano, y arrancan las recolecciones del regadío con los árboles cargados de frutas y el tomate a punto de recibir la visita de las máquinas cosechadoras. Siempre es un deseo que los agricultores puedan recibir, como en la parábola del evangelio de hoy, “el ciento por uno”, y así ver reflejado el fruto deseado en el esfuerzo merecido y la tarea realizada.
Pero el evangelio de hoy comienza con una expresión: “Jesús salió de casa”. Toda labor en la Iglesia consiste en salir y buscar el encuentro. Salir es animar nuestros pasos en la tarea de la evangelización porque “pez que no boquea se lo lleva la corriente” y hoy, como siempre, no se puede permanecer en la pasividad. Volviendo a la parábola, el sembrador sale de casa para sembrar, para trabajar, para esperar el tiempo bueno, para realizar tareas sin las cuales la cosecha no llegará, … incluso la misma recolección es un tiempo en el que se trabaja de sol a sol porque hay que cosechar el fruto. Y nuestra Iglesia, nuestras comunidades, tienen la obligación de salir de sí mismas por fidelidad a la misión encomendada. Es mucho lo que hay que sembrar si parte de la misma Palabra porque hay muchos al borde del camino, entre zarzas o en pedregal, a los que hay que llevar semillas de esperanza y oportunidades en lo árido de sus vidas o en las faltas de humedad humana.
Y este buen sembrador es un iluso. ¿ Cómo se le ocurre tirar semillas en el camino, entre las piedras o en medio de los zarzales? O tenía muchas prisas para terminar cuanto antes o nadie le enseñó las artes de un buen agricultor; o tenía tantas semillas que le estorbaban en el saco y había que esparcirlas por cualquier lugar. ¿ Cómo esperaba recolectar en terrenos tan malos? Esta parábola puede presentar dudas en el arte de la buena siembra y a ningún agricultor de nuestra tierra se le ocurre hacer esta tarea de semejante forma.
Así, el evangelio pierde la gracia y la fuerza liberadora de Dios “sembrada” por Jesús en el corazón de este mundo y en la vida de las personas. Y sólo vemos lo negativo, lo que cae en el camino, entre zarzas o en las piedras. Y cuando estas imágenes las trasladamos a la vida de las personas nos damos cuenta de que son los que más necesitan estas semillas de lujo, las mejores, las más apreciadas, … y las que necesitan germinar para seguir creyendo en una humanidad nueva. El Reino nos llama a salir de nuestra casa, a sembrar en nuestra vida, a ser testigos de vida y esperanza, … incluso a despreocuparnos de la cosecha porque pertenece a Dios Padre. Este Reino nos anima a ver con otros ojos y otra mirada.
Hay violencia e intolerancia entre nosotros, sí. Pero está creciendo en muchos hombres y mujeres el anhelo de una verdadera paz, de armoniosa convivencia justa. Se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad sí, pero cada vez son más los que descubren el gozo de la vida sencilla y del compartir. Es cierto que la indiferencia parece haber apagado la religión sí, pero son muchos los corazones donde se despierta la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria y de la solidaridad con los hermanos.
Y es que nos lo dice claramente Jesús hoy. La energía transformadora del evangelio está ahí trabajando a la humanidad. La sed de justicia y de amor seguirá creciendo. La siembra de Jesús no terminará en fracaso. Esa es nuestra esperanza. Y ¿qué es lo que se nos pide a nosotros? Lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida como si fuera una dura y difícil tierra que es preciso remover para que reciba y haga fructificar la siembra de Dios.