Al llegar estas fechas, ya entrados en el mes de abril, comienza en nuestra comunidad parroquial el ajetreo propio de la celebración del sacramento del matrimonio de muchas parejas de nuestra ciudad. Y toda esta realidad, semana casi a semana, nos llevará hasta el mes de noviembre. Raro es el fin de semana en el que no celebremos alguna boda. Por añadir algún dato, decir que el año pasado recibieron el sacramento del matrimonio cuarenta y dos parejas en nuestra parroquia; ¡ casi da susto !.
Me lleva este hecho a realizar una reflexión en voz alta. Me encuentro siempre con estas parejas jóvenes cargadas de ilusiones y de esperanzas cuando se acercan a celebrar este sacramento. No quiero decir que no existan dificultades, pero también albergan en sus vidas buenos y grandes proyectos, entre los que se destaca el deseo de compartir la vida. Creo que es necesario y urgente que comencemos por hablar bien de este hecho: “se casan porque se quieren”, y es bueno ayudarles a creer que ellos pueden construir una familia como comunidad de vida y de amor; de entrega y de gratuidad; de proyectos de vida y de superación de dificultades; en el que cuentan los dos y no las decisiones de cada uno por su lado; … y Dios Padre está en el centro de esta llamada a compartir la vida porque el mismo comparte la nuestra, y quiere para cada uno de ellos el deseo de construir su propia felicidad familiar.
Todos debemos valorar el hecho de estar cada día en una familia que nos quiere y nos anima a crecer en el amor, en la que nos enriquecemos con lo que los otros son. Por eso una gran razón de nuestros días es la capacidad de poder “integrar” en el corazón de nuestras familias las diferentes formas de ser, y de saber, para formar una unidad sellada por el amor. A esto ayuda la capacidad de conocerse más y mejor para amarse más y mejor, apoyándose en el diálogo y la comprensión. Todo lo que se dialoga se construye en beneficio de la familia; todo lo que no se habla, ni se escucha, acaba minando el centro de una relación.
Y creo que la misma comunidad parroquial tiene la obligación de saber acompañar a estas parejas: recibirlas con alegría e invitarlas a reconocerse como personas queridas y amadas para ellos mismos y para la misma Iglesia; iniciar con ellos un proceso que les ayude a clarificar sus sentimientos y la misma fe; invitarles a creer en el Dios que comparte su vida con nosotros para que vivamos este compromiso en medio de la sociedad; animarles a formar una comunidad de vida, de entrega y de generosidad; prestarle los medios que tenemos para que ellos sigan creciendo y madurando en su vida compartida; educarles para asumir las responsabilidades que adquieren como casados y como ciudadanos; clarificar con ellos su proyecto de vida y su proyecto de familia; y ayudarles a que celebren con la misma comunidad lo que diariamente viven para enriquecernos todos: quien vive, celebra, ora, trabaja, educa, respeta y comparte desde la unidad aporta razones de esperanza para nuestra humanidad.
No es responsabilidad de los novios solamente, … es responsabilidad de todos: de sus familias de origen, de la misma comunidad humana y cómo no, de la Iglesia. Tenemos el deber de saber acompañar y hablar bien de los que desean compartir sus vidas, y nunca poner en duda sus buenos deseos, entre el que destaca ser una familia unida; es más, debemos ayudarles a que los hagan realidad, con el esfuerzo de ellos mismos y la comprensión y ayuda de los demás.
Os invito a orar el Padre por todas estas parejas jóvenes y que el Buen Sembrador que ya preparó la tierra de sus vidas para la fecundidad, las riegue y abone con su gracia, para que las semillas del amor y de la gratuidad produzcan frutos abundantes en la entrega diaria.

