“En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe. La ciudad se llenó de alegría.” ( Hch. Ap. 8,5-7)
Hoy lo hemos comprobado y disfrutado un buen número de compañeros y alumnos; mejor dicho, buenos y grandes amigos, que compartimos “aquellos maravillosos años” de infancia, adolescencia y juventud en nuestro querido Seminario de San Atón. Nos hemos vuelto a ver, incluso a reconocer, porque el tiempo ha pasado para todos, y los que éramos niños, ya peinamos canas y algunos, ¡pocos pelos!. Pero, parafraseando el libro de los Hechos de los Apóstoles, los pasillos, la capilla, los dormitorios ( - aunque los grandes hoy ya son aulas -), los comedores, … “se han llenado de alegría”, de experiencias, de anécdotas para todos los gustos, … y por unos momentos, parecíamos abuelos contando nuestras batallitas, en las que volvían a la memoria todos aquellos preciosos años.
Comenzaba nuestra historia en el año 1979 cuando llegábamos los primeros a la santa casa de San Atón para cursar sexto de EGB. Años sucesivos se fueron incorporando los demás, en séptimo, octavo y primero de BUP. Los cursos crecieron en número porque en el año citado sólo entramos once, y al llegar a primero de BUP ya eran dos cursos completos con más de treinta alumnos por clase.
De todos los que estudiábamos y vivíamos en el Seminario, desde la generación del 79, terminábamos seis la teología en el año 1992 (- recordemos que este año era olímpico -) para recibir la ordenación del diaconado y el año siguiente la de presbíteros. ¿ Y dónde estaban los demás? En los institutos de sus poblaciones, en la Universidad , trabajando, hasta adelantando la Mili , como Manuel Ángel, para clarificar qué hacer después. Hoy son personas buenas, con sus familias creadas, y con seguridad que grandes padres y educadores de sus hijos.
Hoy nos hemos encontrado de nuevo todos los que hemos podido asistir a la convocatoria que se ha hecho. Nuestros amigos están casados, con sus trabajos, con sus familias, con sus vidas cargadas de proyectos, de ilusiones, … Hemos compartido una jornada de recuerdos, de fotos, de anécdotas, … una jornada que anima a otras posibles en las que podamos estar bastantes más porque éramos muchos. Y lo hemos celebrado en una eucaristía muy sencilla pero con sabor propio porque “Santana” jamás aprendió a tocar bien la guitarra. Con lo poco que nos gustaba hablar en la capilla y en las celebraciones por aquello del máximo respeto o el miedo al castigo posterior, … hoy no había quien nos callara porque era mucho lo que había que narrar y agradecer al Padre.
No me voy a descansar sin antes agradecer al Padre este breve pero intenso reencuentro. Le agradezco al Padre la sencillez con la que compartíamos que el Seminario marcó todas nuestras vidas y nos armó de valores para esta sociedad y para este mundo.
No todo era fácil, porque también, en tantos años, existieron sus dificultades, y cada día tenía sus alegrías y sus tristezas, pero el Seminario nos educó en la responsabilidad asumida y compartida; en el estudio y la formación personal; en el servicio a los demás y la ayuda a quienes lo necesitaban; en la fe y en la respuesta a Dios; en el respeto y en el trabajo bien hecho; en el deporte y en la deportividad para asumir los errores, aunque también nos autoprotegíamos (nadie rompió la maceta y cada uno compró un tiesto nuevo, y los pasillos se llenaron de muchas más “dichosas macetas”; o nadie había hablado en las filas, y todos hacíamos varias veces el “famoso rali”; o montábamos la guardia en los servicios del patio para que los aventajados se fumaran el cigarrillo y no los pillaran, o corríamos hasta Electrofil para rescatar a los pavos reales que se escaparon de las jaulas, … y así tantas, aunque alguna vez te descuidabas y te llevabas la famosa bofetada o el castigo en estudio y te quedabas sin recreo).
Siempre nos hablaban de la importancia de la comunidad y que la hacíamos entre todos, aunque decidíamos más bien poco, y se asumían las cosas y los horarios a toque de campana, de sirena, o la palmada del formador que enmudecía el recinto. Pero el sinónimo de comunidad se llama fraternidad, y de esto sí que aprendimos. Éramos amigos, confidentes, compañeros, … una familia de hermanos que con el tiempo han ido creciendo y la vida nos ha llevado a cada uno por un lugar o destino diferente. Y por todo esto le doy profundamente gracias al Padre. Y aunque todos son importantes, poder vernos de nuevo aquellos niños de once años del año 1979, Manuel Ángel, Ledo, Vicente, Cristobal, Rubén, Manolo Seguro y un servidor, sin olvidar a Carlos Aldana y Pedro Francisco que no han podido estar, ya ha merecido la pena. Si tengo que nombrar a todos los demás me harán falta líneas en este artículo, pero todos han sido amigos y hermanos de verdad.
Intentaremos quedar otro año, pero eso sí, con sus familias y con sus hijos, porque como decía Angelito Boceta, en referencia a su mujer, yo salí sólo de aquella casa y hoy pienso volver sólo. La próxima vez debemos quedar acompañados, … con suerte algunos de sus hijos quieren seguir los pasos de los padres y así mejoramos la especie, ¡seguro que sí!.