sábado, 4 de junio de 2011

LA GENERACIÓN DEL SEMINARIO A PARTIR DE 1979

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe. La ciudad se llenó de alegría.” ( Hch. Ap. 8,5-7)

La vida está hecha de vivencias y experiencias que nos han marcado profundamente. Las mismas que nos han hecho ser lo que somos desde una formación concreta y vivir y compartir con los demás todo lo que nos rodea.

Hoy lo hemos comprobado y disfrutado un buen número de compañeros y alumnos; mejor dicho, buenos y grandes amigos, que compartimos “aquellos maravillosos años” de infancia, adolescencia y juventud en nuestro querido Seminario de San Atón. Nos hemos vuelto a ver, incluso a reconocer, porque el tiempo ha pasado para todos, y los que éramos niños, ya peinamos canas y algunos, ¡pocos pelos!. Pero, parafraseando el libro de los Hechos de los Apóstoles, los pasillos, la capilla, los dormitorios ( - aunque los grandes hoy ya son aulas -), los comedores, … “se han llenado de alegría”, de experiencias, de anécdotas para todos los gustos, … y por unos momentos, parecíamos abuelos contando nuestras batallitas, en las que volvían a la memoria todos aquellos preciosos años.

Comenzaba nuestra historia en el año 1979 cuando llegábamos los primeros a la santa casa de San Atón para cursar sexto de EGB. Años sucesivos se fueron incorporando los demás, en séptimo, octavo y primero de BUP. Los cursos crecieron en número porque en el año citado sólo entramos once, y al llegar a primero de BUP ya eran dos cursos completos con más de treinta alumnos por clase.

De todos los que estudiábamos y vivíamos en el Seminario, desde la generación del 79, terminábamos seis la teología en el año 1992 (- recordemos que este año era olímpico -) para recibir la ordenación del diaconado y el año siguiente la de presbíteros. ¿ Y dónde estaban los demás? En los institutos de sus poblaciones, en la Universidad, trabajando, hasta adelantando la Mili, como Manuel Ángel, para clarificar qué hacer después. Hoy son personas buenas, con sus familias creadas, y con seguridad que grandes padres y educadores de sus hijos.

Hoy nos hemos encontrado de nuevo todos los que hemos podido asistir a la convocatoria que se ha hecho. Nuestros amigos están casados, con sus trabajos, con sus familias, con sus vidas cargadas de proyectos, de ilusiones, … Hemos compartido una jornada de recuerdos, de fotos, de anécdotas, … una jornada que anima a otras posibles en las que podamos estar bastantes más porque éramos muchos. Y lo hemos celebrado en una eucaristía muy sencilla pero con sabor propio porque “Santana” jamás aprendió a tocar bien la guitarra. Con lo poco que nos gustaba hablar en la capilla y en las celebraciones por aquello del máximo respeto o el miedo al castigo posterior, … hoy no había quien nos callara porque era mucho lo que había que narrar y agradecer al Padre.

No me voy a descansar sin antes agradecer al Padre este breve pero intenso reencuentro. Le agradezco al Padre la sencillez con la que compartíamos que el Seminario marcó todas nuestras vidas y nos armó de valores para esta sociedad y para este mundo.

No todo era fácil, porque también, en tantos años, existieron sus dificultades,  y cada día tenía sus alegrías y sus tristezas, pero el Seminario nos educó en la responsabilidad asumida y compartida; en el estudio y la formación personal; en el servicio a los demás y la ayuda a quienes lo necesitaban; en la fe y en la respuesta a Dios; en el respeto y en el trabajo bien hecho; en el deporte y en la deportividad para asumir los errores, aunque también nos autoprotegíamos (nadie rompió la maceta y cada uno compró un tiesto nuevo, y los pasillos se llenaron de muchas más “dichosas macetas”; o nadie había hablado en las filas, y todos hacíamos varias veces el “famoso rali”; o montábamos la guardia en los servicios del patio para que los aventajados se fumaran el cigarrillo y no los pillaran, o corríamos hasta Electrofil para rescatar a los pavos reales que se escaparon de las jaulas, … y así tantas, aunque alguna vez te descuidabas y te llevabas la famosa bofetada o el castigo en estudio y te quedabas sin recreo).

Siempre nos hablaban de la importancia de la comunidad y que la hacíamos entre todos, aunque decidíamos más bien poco, y se asumían las cosas y los horarios a toque de campana, de sirena, o la palmada del formador que enmudecía el recinto. Pero el sinónimo de comunidad se llama fraternidad, y de esto sí que aprendimos. Éramos amigos, confidentes, compañeros, … una familia de hermanos que con el tiempo han ido creciendo y la vida nos ha llevado a cada uno por un lugar o destino diferente. Y por todo esto le doy profundamente gracias al Padre. Y aunque todos son importantes, poder vernos de nuevo aquellos niños de once años del año 1979, Manuel Ángel, Ledo, Vicente, Cristobal, Rubén, Manolo Seguro y un servidor, sin olvidar a Carlos Aldana y Pedro Francisco que no han podido estar, ya ha merecido la pena. Si tengo que nombrar a todos los demás me harán falta líneas en este artículo, pero todos han sido amigos y hermanos de verdad.

Intentaremos quedar otro año, pero eso sí, con sus familias y con sus hijos, porque como decía Angelito Boceta, en referencia a su mujer, yo salí sólo de aquella casa y hoy pienso volver sólo. La próxima vez debemos quedar acompañados, … con suerte algunos de sus hijos quieren seguir los pasos de los padres y así mejoramos la especie, ¡seguro que sí!.