Otra gran solemnidad nos aguarda en este domingo. Celebramos a la Santísima Trinidad , y nos sentimos acogidos por el amor entregado de nuestro Dios. Esta celebración nos anima a centrarnos en lo que realmente significa este Dios Trinidad de personas que adquiere todo su significado en la donación constante de su propio ser en relación a las tres personas y a la misma humanidad.
Nos podemos preguntar, ¿ será un verdadero atrevimiento querer hablar y saber todo sobre Dios? Decir algo de Dios es siempre un atrevimiento, porque su mismo ser supera nuestras expectativas y nuestro lenguaje. No en vano, cuando Moisés “pronunció el nombre del Señor” inmediatamente “se inclinó y se echó por tierra” (Ex 34,5.7).
La visión del misterio de Dios no provoca angustia sino expansión del corazón. No estamos ante una puerta que no se puede abrir; ante algo oculto y terrible, ante algo que provoca miedo e incertidumbre. Con Dios estamos ante la certeza de la fe que alimenta la esperanza hasta límites insospechados y motiva el amor sin límites. Por tanto el misterio de Dios no paraliza sino que mueve a contemplar, recibir y experimentar cuanto desde Él se nos entrega.
Y esta realidad nos llama a la experiencia. Es muy bueno el conocimiento, … es muy válido el saber, porque la formación nos ayuda a entender más y mejor. Pero es muy necesaria la experiencia de Dios. El que mejor habla de Él es quien realmente le experimenta. Y a este Dios le experimentamos en los acontecimientos de la misma vida. Jesús así vivió el amor del Padre en cualquier realidad que pisaba, que vivía, que disfrutaba, … y aquellas que le hundían en el dolor y en la angustia. Jesús buscaba constantemente el momento para retirarse y orar, para estar con su Padre.
Porque Dios no es soledad, también es comunión, familia. En Dios se encierra también una vida compartida y comunicada, un diálogo permanente. Nosotros nunca vivimos sino que convivimos. También en Dios la vida trinitaria es siempre comunión y unión de tres.
Y por eso es el modelo a seguir, es el espejo en el que nos debemos mirar para regular nuestra vida personal (en constante diálogo con nuestra conciencia, con Dios), nuestra vida comunitaria (diálogo que no anule), la vida familiar (familia como centro y germen), vida eclesial (muchos miembros, con igual dignidad, y un solo cuerpo), e incluso social (igualdad, libertad, fraternidad: muchos pueblos, muchos hombres, sin anularse y complementándose hasta formar una unidad).
Este domingo también celebramos la Jornada de oración por las comunidades de vida contemplativa. Y nosotros tenemos el privilegio de tenerlas en nuestra ciudad. Un auténtico regalo del Espíritu y de la misma Iglesia. Nuestras Hermanas Concepcionistas Franciscanas son protagonistas en esta Solemnidad de la inmensa riqueza que encierra la vida consagrada. Son Madres y Maestras para la Iglesia por la experiencia que atesoran en el silencio y el servicio hechos oración constante por todos; y la adoración del inmenso misterio trinitario al que se entregan en cuerpo y alma para seguir enseñando que la experiencia de Dios y la experiencia de su amor entregado es posible en nuestros días y en nuestra historia. Oremos por ella y devolvamos a nuestras comunidades contemplativas un poco de lo mucho que ellas nos regalan.