¡CREO EN LA FAMILIA !
Solemos escuchar y decir muchas veces que las fiestas de Navidad
crean en los adultos signos de bastante nostalgia, especialmente porque
recordamos a los que ya no están con nosotros y las vivimos como celebraciones
muy familiares.
Todos los que estábamos en el Seminario deseábamos que
llegaran estas fechas. Marchábamos a nuestros pueblos en Navidad y lo primero
que nos recibía, además del beso de nuestros padres y familiares, era la
caricia acogedora del brasero. La
Navidad traía el calor del hogar, la cercanía con los
abuelos, tíos y primos en las noches de nochebuena y nochevieja, la misa del
gallo; la “matanza” que nos volvía a reunir en la casa de los abuelos a
familiares y vecinos en las tareas propias de la “chacina”, las campanadas en
la plaza del pueblo y las caras de alegría de los más pequeños en la noche de
Reyes, … por no decir también todas las faenas propias de la recogida de la
aceituna en mañanas y tardes bastante frías y lluviosas. Pero en este trajín
estaba la camilla de casa, con sus enaguas, y un brasero acogedor. Y así nos
ocurría, que al terminar estos días, llegábamos a los pasillos de san Atón y qué
frío hacía, por Dios, … es que hacía frío de verdad y durante unos días nos
anestesiaba la dichosa “murria”.
Qué importante ha sido la familia en nuestra vida y en
nuestro crecimiento como personas y como cristianos. A mí me gusta decir que el
Seminario me dio formación y me ayudó a vivir y leer la vida desde unas claves
cristianas, con más o menos acierto según la época; pero a rezar y a vivir
muchos valores que hoy siguen estando presentes en mi vida me lo enseñaron mis
padres y mi familia, y la parroquia y la escuela de mi pueblo con sus maestros.
La familia puede ser un término muy amplio, pero “el hogar familiar” es la
mejor institución para que nos integremos en la sociedad como buenos ciudadanos
y en
Hoy se nos dice que esta realidad no pasa por sus mejores
momentos. Que la familia puede ser un reto en la Iglesia y en la sociedad. ¡
Es posible! Lo que sí nos rodea en una multiculturalidad creciente en medio de
una sociedad plural en lo cultural, religioso, familiar, y que afecta tanto a
lo individual como a lo colectivo. Y puede que nos de vértigo aceptar esta
realidad; que es la que es y hay que vivirla y asumirla si no queremos vivir al
margen de la sociedad y del mundo.
Jesús vivió en una familia muy creyente del pueblo judío;
aferrada a sus tradiciones; y una fe sometida a pruebas difíciles hasta tal
punto de emigrar a Egipto. Crece ayudado por sus padres y cuando comienza el
ministerio público es acusado de locura por sus familiares más cercanos. Acompañado
por su madre acabó realizando su misión según nos relatan los evangelios.
Pero Jesús contempló en sus padres un modelo de entrega y
de amor. Creció educado en las posibilidades de que el amor multiplica lo
pequeño, lo cotidiano, lo sencillo. Este amor recibido es desde donde mejor se
entrega la vida para generar humanidad, y es el lugar de la experiencia de Dios
que nos ayuda a crecer espiritualmente.
Un lema de aquellos primeros años en san Atón era “la familia es el primer seminario”. Yo
me atrevo a decir que hoy la familia es el hogar, es tu parroquia, es tu
escuela, es tu vecindad, es el seminario… porque los valores que la familia
entrega ayudan a crear hogar, parroquia, escuela, vecindad y seminario. Trabajemos
y ayudemos a vivir en familias que sean transmisoras de auténtica humanidad,
asentadas en la roca de la fraternidad.
