sábado, 2 de diciembre de 2017

¡ TÚ ERES EL ALFARERO!

Comenzamos hoy el adviento en la Iglesia; parece que venía anticipado desde la noche de ayer, porque  vivíamos un momento importante en la vida de nuestra ciudad y seguramente en otras muchas localidades: el encendido de la iluminación y la decoración navideña que llenó nuestras calles de muchísima presencia de niños con sus padres y abuelos. Estas luces anuncian que se acercan fechas muy importantes en el calendario, aunque como es lógico cada uno las vivirá desde opciones diferentes.

Pero hoy hemos comenzado este tiempo de Adviento, ante el que podemos tener dos actitudes bien diferenciadas: vivirlo como un tiempo de espera desde la pasividad, aceptando que es un tiempo repetitivo y que, de una forma o de otra, nos va a llevar a la Navidad; o vivir este tiempo desde una espera activa, comprometida, que nos invita a mirar y mirarnos en el espejo de la fe y de la esperanza, leyendo y descubriendo qué pasa a nuestro alrededor y los signos de vida de este Dios que se acerca a nosotros.

Porque en el Adviento Dios promete su presencia y se compromete con nuestras vidas; un Dios que implica a la persona y se complica con cada uno de nosotros.

Pero llegarán los días del adviento con su carga de rutina cotidiana, la monotonía de cada día, en el que sentimos que estamos casi igual que el año pasado, con problemas idénticos o parecidos, con realidades similares a las de otros días, y nos preguntaremos: ¿ Cómo vivir este tiempo de adviento de forma activa y esperanzada?

El profeta Isaías nos da una clave importante: El pueblo de Israel en la cotidianidad se había casi olvidado de Dios; no había mantenido la fidelidad a la Alianza, contagiando su fe y perdiendo la esperanza alejándose de Dios. Ellos reconocieron su ausencia de la voluntad de Dios y humildemente se arrepintieron de esta actitud deseando una conversión sincera. Así lo manifiesta el profeta en sus palabras: “Tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero; somos obra de tus manos” (Is 64, 7)

Por eso, el Adviento nos llama a obrar desde Dios, desde su gracia, implicando nuestra vida en una misión: vigilantes ante cuanto acontece a nuestro alrededor, en lo cotidiano, en lo diario y observar los signos de esta llegada del niño-Dios, esperanza para todos: abrir los ojos para ofrecer palabras a quien está solo; calentar el corazón del que sufre con una presencia cercana, ofrecer el abrazo a quien está abatido; hacer tuyas las dificultades de quien te rodea; ofrecer paz y ser persona de paz ante tanta realidad enfrentada; rezar con un corazón decidido para escuchar a Dios; celebrar bien la eucaristía escuchando con humildad la Palabra de Dios; ser generosos con quienes más lo necesitan y ofrecer algún gesto solidario, …. Tantas y tantas realidades necesitan la presencia del Dios cercano y de la Vida en tu presencia ante quien lo necesita. En el fondo es ser luz y color ante realidades en penumbra y muy grises.


Adviento es vigilar, esperar y ser activos para el encuentro con el Dios de la esperanza en lo cotidiano; fiarnos de su voluntad y ser barro en las manos del alfero.