¡ ARROJAD LA RED, …
ES EL SEÑOR !
Queridos feligreses
y amigos:
Nos encontramos en
este tiempo para renovar la fe pascual en el Resucitado; y tiempo ideal para
vivir y comunicar la grandeza del amor y
de la compasión en nuestra realidad actual. ¡Feliz viernes de la octava!
Rematamos una semana más de confinamiento en la esperanza de que sea una semana
menos.
Estos días de
Pascua nos están adentrando poco a poco en la experiencia pascual de los
primeros testigos de Jesús. Son pasajes evangélicos muy llenos de gestos,
palabras y actitudes que orientan la respuesta cristiana en el seguimiento de
Jesús. Están muy bien elaborados para animar la vida de aquellos primeros
cristianos, en la mayoría de los casos, perseguidos y sometidos a sufrimientos.
El encuentro de hoy
se realiza en las orillas del lago de Tiberiades. Un lugar muy significativo
para aquellos hombres; estarían en las inmediaciones del pequeño pueblo de
Cafarnaúm. Los apóstoles, después de unos días tan intensos y difíciles de
pasión, muerte y resurrección han vuelto a su vida cotidiana. Ellos son
pescadores. Es lo que saben hacer y en el horizonte de sus vidas se asienta la
normalidad. Si a nosotros, en esta realidad compleja, nos dijeran que mañana
podemos salir de nuestras casas, ¿qué haríamos?; casi con seguridad, que volveríamos deseosos a la normalidad anterior,
aunque nos cueste un periodo breve de adaptación. ¡Somos así! Nos quejamos de
la rutina diaria hasta que un virus la borra y ahora deseamos lo que antes no valorábamos tanto.
Lo que
aparentemente había terminado para aquel grupo necesita un comienzo nuevo. En
una ocasión Jesús los llamó a ser pescadores de hombres en el mar de altura de
la vida. Contentos aceptaron aquella misión y se marcharon con Él. Después de
lo ocurrido han vuelto a la pesca "de pecera" en aquel pequeño lago, llorando la ausencia y ahogando en sus aguas toda señal de esperanza.
De nuevo es Jesús
quien va en su busca; de nuevo es Él quien volverá a estar con aquel grupo. Los
encuentra junto al lago, después de una mala noche y una mala pesca. Sin Él no
han vuelto a ser ellos mismos. Una mala pesca con las redes vacías: donde se
esperó llenar las redes ahora están vacías. Cuando el
Señor no está todo se ve y se vive de diferente manera. Las redes vacías son
símbolo, tantas y tantas veces, de que vivimos situaciones que nos adentran en la noche espiritual, llena
de nubarrones y oscuridades, sin ver nada de luz, y nos hacen experimentar la
fragilidad en la vida; se nos rompen los proyectos de futuro.
Jesús llega al
amanecer, al romper la luz y el alba. El cansancio y la decepción hacen que no
lo reconozcan. Pero reciben una invitación: ”echad la red y encontraréis
pescado”; aún les queda algo de confianza y de fuerzas: la echan y acontece una
pesca milagrosa y abundante. Ya está Jesús otra vez en sus vidas y en el grupo.
Lo reconocen y lo
confiesan: “¡Es el Señor!”. Esta es
la exclamación más profunda de nuestra
fe pascual; una fe que lo reconoce y lo descubre vivo junto a nosotros; vivo en
medio de lo cotidiano y de la rutina. Esta afirmación rompe la desilusión y la
desconfianza; cambia la tristeza en fiesta, … la nada en todo. Ya está de nuevo
en medio de ellos. La luz vence a la oscuridad; aquella pesca cansina e
infructuosa en prometedora; el cansancio
vencido por la confianza y el impulso; y la ausencia de fe por la certeza: “Él
está con nosotros”. ¡Cuánto bien nos hace esta afirmación: es el Señor! Y reconocerlo
para amarlo y para seguirlo, aunque nuestros ojos estén aún con las lágrimas de
la desolación, y la rutina nos sumerja en el cansancio de lo cotidiano.
Esta Pascua nos ha
de ayudar a ser una comunidad, una Iglesia del Resucitado. Situamos al Señor en
el centro de la vida y, a pesar de dificultades y contrariedades, sentiremos
la esperanza que brota de Él y que nos lanza a la vida. Lo reflejaremos en el
rostro, en los gestos, en las palabras; y podremos comunicar este mensaje a
quienes más sufren, a nuestros enfermos, … y nos apoyaremos en los signos de
tantas y tantas personas, profesionales y voluntarios del amor y de la vida, que
están sembrando mucha esperanza en nuestra geografía humana.
Os deseo paz en el
corazón. Sintamos la llamada del Señor y respondamos con confianza y
generosidad: “¡Echamos las redes de la vida porque Tú eres el Señor!”. Un
gradísimo abrazo, aún en la distancia.
