lunes, 13 de abril de 2020


DESDE  EL  TEMOR  Y  LA  ALEGRÍA


Queridos feligreses y amigos:
Nos encontramos en el tiempo de la Pascua de Resurrección; desde ayer nos adentramos en la larga cincuentena pascual. Tenemos que hacer un ejercicio de búsqueda en nuestro interior. Él nos llama a estar atentos a los signos de su presencia y a descubrirlos de verdad. Estos días de confinamiento tienen que ayudarnos las huellas de su vida entre nosotros. ¡feliz lunes de Pascua! No estamos de romería en el campo, pero eso tampoco quita el degustar alguna “chuletita de palo” aunque sea en el patio o en el balcón , ¡uummm, qué ricas!

La liturgia de este primer lunes de pascua es reflejo de la importancia que tiene para aquella primera comunidad la resurrección del Señor. En el libro de los Hechos de los Apóstoles hoy leemos que San Pedro afirma públicamente: “no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio” (…) pues bien, Dios resucitó a este Jesús y nosotros somos testigos” ( Hch 2, 22-33) Pedro está haciendo ya su propia confesión de fe, tanto personal como comunitaria. Ha descubierto la importancia de lo que costará mucho expresar con palabras pero que forma parte de su vida interior. La resurrección no deja de ser un misterio, pero transformador de la vida de aquellos apóstoles. Será muy difícil poder entenderla, dar razones de ella e incluso asumirla en la vida si no miramos con los ojos de la fe.

Es lo que le ocurrió a aquellas mujeres que marchaban al sepulcro y se lo encuentran abierto y vacío. ¡Algo que se escapa de su propia experiencia ha ocurrido! Les entra miedo, temor, impresión, … y a la vez se han llenado de alegría. Se están adentrando en el misterio de lo que no saben expresar con palabras, porque tan sólo se han encontrado con una tumba vacía. Salen corriendo en búsqueda de los demás. ¿Estarán descubriendo en su vida las palabras de Jesús cuando les hablaba de la resurrección? ¡No lo sabemos! Pero no permanecen en quietud, se mueven; algo les dice que tienen que seguir buscando y no en solitario.

En ese camino Jesús les sale al encuentro:  “ no tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Este encuentro ya está en el ámbito de la experiencia personal e interior de Dios en la vida de cada creyente. Se han encontrado con la esperanza de que Jesús está vivo. Jesús ya es un hombre nuevo; es eternidad en lo pasajero del tiempo. Lo material puede disolverse, marchitarse, … pero el “ser”, lo esencial, permanece: la Vida del que vive para siempre. Este encuentro las llena de gozo. ¡Se han adentrado para siempre en la esfera de Dios!

En este pasaje aparecen otros personajes; la cara opuesta a estas mujeres. Nos dice así el mismo evangelio: “ los sumos sacerdotes encargaron a los guardas: decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais” ( Mt 28, 8-15). ¡Ay amigo, … aquí están los del sillón a toda costa!; se sienten muy libres pero son esclavos de sus ideas preconcebidas. Hablan de Dios, pero sin Dios en su vida. Están institucionalizados; es más, ideologizados en una religión sin novedad, sin espíritu, estática. Para ellos este acontecimiento es un peligro. No quieren salir de la esfera de lo terreno, ni dejar que Dios los adentre en una experiencia nueva. Estos sí que tienen miedo; y en el fondo estarán tristes porque no hay perspectiva de futuro si cerramos las puertas “al vuelo del Espíritu”.

Vuelve a aparecer Galilea: el lugar en el que Jesús creció; aquí comenzó, en las orillas del lago, sus primeros pasos de la misión recibida; conoció a su grupo de amigos; los primeros signos; en Galilea vemos a un Jesús alegre, comunicativo, cercano. Y los convoca en ese espacio en el que ellos tienen centrada toda su vida: trabajos, familias, pueblos, pesares y esperanzas. Jesús no quiere que ellos se desentiendan de sus vidas.

Puede que hoy nos diga Jesús lo mismo que a aquellas mujeres y aquellos hombres: tenemos que ser testigos de la Buena Nueva de la resurrección en medio de nuestra vida, en el trabajo, en las dificultades, con los demás; confinados en casa o trabajando y dándolo todo en estas circunstancias, … ¡esta es nuestra Galilea particular!, pero interiorizando, de una forma distinta, esta dimensión espiritual de la vida. No todo es material, apegados a nuestros bienes, existe la dimensión espiritual en la vida, y en todo está la presencia de Dios porque Cristo resucitado sigue presente en la vida.

Necesitamos abrir el corazón para descubrirlo. La mirada interior es necesaria para llegar a disfrutar de esa experiencia profunda de la fe que nos introduce en la dimensión del Resucitado. ¡ Feliz día, y comenzamos, ojalá sea así, los últimos de este confinamiento! Mientras tanto, nos quedamos en casa. Abrazos virtuales.