SIEMBRA
QUE FLORECE Y DA FRUTO ABUNDANTE
Queridos feligreses y amigos:
¡Feliz Pascua de Resurrección! Hoy cantamos
el Aleluya más prolongado de la liturgia. Que la Luz que rompe toda oscuridad
nos llene de esperanza y sea una verdadera fuente de vida. Hoy situamos en el
centro de la fe y de la vida todo lo que hemos y estamos viviendo, y continuamos
hacia delante con el anuncio del Evangelio unidos a toda la Iglesia.
Dos mujeres se acercaban al sepulcro, María
la magdalena y la otra María y se encuentran el sepulcro abierto y una experiencia
profunda de fe: “¿Buscáis a Jesús, el
Nazareno? ¡No está aquí, ha resucitado”. Y ellas marcharon a toda prisa. Se
encuentran con el Resucitado y reciben otra llamada: “No tengáis miedo, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea;
allí me verán”. Más adelante, dos apóstoles, Pedro y Juan, corrieron al
sepulcro tras el anuncio de la Magdalena. Entraron “vieron el lienzo por el suelo y en aquel momento creyeron, pues hasta
entonces no habían entendido que Él
tenía que resucitar”.
Esta experiencia profunda de la fe es la que
edificó la vida de aquellas personas. Estarían seguramente descolocados, sin
palabras, pero esta experiencia única les transformó completamente. Los apóstoles
y aquellas mujeres se habían quedado en la puerta del sepulcro en la tarde del
viernes santo; todo había terminado allí. Los que habían estado junto a Él y se
habían sentado tantas veces para escucharle; le habían acompañado por tantos
caminos y le habían escuchado palabras únicas; lo habían querido de verdad y de
corazón, … estas personas se habían quedado desangeladas y parece que se habían
desinflado; sus esperanzas que venían abajo , … la muerte había ganado la
jugada.
Esta no es una experiencia trasnochada o
ajena a la experiencia propia del hombre. Ante el misterio de la vida exultamos
de gozo y alegría; y el misterio de la muerte nos sume en el desconcierto y en
la debilidad; en el desaliento y en la tristeza. Aquel grupo humano, que caminó
junto a Jesús, sufrió el dolor y el desgarro como nos ocurre a nosotros cuando
la muerte clava con profundidad su aguijón.
No debió ser fácil para aquellas personas
vivir la experiencia del Resucitado. Podemos decir y creer que Dios hace las
cosas a su manera y desmonta esquemas. Cuántas veces parece que le decimos a
Dios dónde tiene que estar, cómo tiene que actuar y cómo debemos estar ante Él,…
parece que le queremos enmendar la plana; y Dios no es así. Él rompe estos
esquemas de una religión oficial y oficiosa que lo convierte en pez de pecera;
y Él se adentra en el océano de la vida y de la gente. En quel mar agitado, de
corazones rotos y de tumba cerrada, que se había tragado la historia y la vida
de su propio Hijo, Dios pone calma y salva del sin sentido y de la muerte. El
Amor nunca muere, y menos el Amor entregado, derramado por todos.
La vida de los suyos, los que le han amado y
lo sienten ahora vivo y resucitado, se pone en marcha a toda prisa. Vuelven al
centro de ellos mismos, al grupo, a la comunidad; y desde allí otra vez en camino,
ahora al lugar indicado: “a Galilea, allí
me verán”; se encaminan al lugar del primer encuentro, del primer amor; al
mar de la llamada, …
Este grupo humano está haciendo memoria de
todo lo que Cristo hizo en sus vidas; nosotros podemos seguir este ejemplo y
hacer memoria de cuánto el Señor hace en la nuestra. Su victoria sobre la muerte
es la mejor noticia que podemos recibir
en nuestra vida cristiana. Es, por supuesto, que un acto de fe; claro que sí,
pero es el acto de fe que nos invita a vivir la experiencia del Resucitado
invitándonos a encontrarnos con Él en nuestra Galilea particular, aceptando que
el Amor con mayúsculas desapareció en lo profundo de la tierra, pero resucitó
con una vida plena dando abundancia de fruto y de vida regalada. Seremos
grandes personas y de buen corazón si vivimos los valores del evangelio, pero
seremos grandes cristianos y de fe si además compartimos la vida con los gozos
del Resucitado. ¡Cristo ha vencido a la muerte!, ¡seamos testigos de vida
plena!
Desde entonces nos alimentamos de la fe en su
presencia viva, no sólo en su palabra ni únicamente en los sacramentos, no
sólo en los signos de la creación ni en el campo de los dogmas, …. lo sentimos vivo
a nuestro lado, lo llevamos en la vida, en los que hacemos y sembramos, en nuestros
hermanos, en lo que que servimos y en aquellos que nos sirven; está en nosotros
al trabajar contra la miseria y la humillación, se acerca en nosotros a las
personas sin esperanza, sin salud, a los enfermos, a los que entregan sus
vidas; … toda la creación, la entrega, la compasión, …son iconos, presencias
vivas, de su amor resucitado actuando en medio de la vida.
Deseo que lo vivas y lo sientas así en tu
corazón. Que la esperanza de su presencia nos inunde de gozo en estas
circunstancias; y podamos transformar nuestra identidad cristiana en la
experiencia del encuentro con el Nazareno Resucitado. Os deseo un feliz día, …. ¡Viva el Resucitado! ¡ Viva la Virgen de la
Aurora!

