EL INMENSO CORAZÓN DE DIOS
Os deseo un feliz día y os invito, como los apóstoles
a las primeras comunidades, a vivir en la paz del corazón y a ser fieles en la
oración y en la fraternidad. Estos días van a marcar en la agenda de nuestra
memoria momentos y realidades que son únicas. Algunas vividas desde el dolor y
otras desde la esperanza, e incluso unas y otras se revisten con los dos
trajes. Espero que las integremos en la vida desde los signos del amor
compartido con los que nos rodean.
El texto del evangelio de hoy (Jn 3,31-36) nos sitúa
en el último testimonio de Juan el Bautista con respecto a Jesús. Y esta es la
respuesta que Jesús da a los discípulos. Anteriormente, Juan dijo aquella frase
tan bonita que resume su testimonio: "¡Es necesario que él crezca y que yo
disminuya!". Esta frase es un auténtico programa de vida:
disminuir para que otros crezcan; pasar a un segundo plano para que brille la
luz de los demás; vivir en permanente estado de humildad para poder recibir lo
que el otro me entrega; pasar por la vida con rostro de alumno permanente y no
con cara de maestro sabelotodo; … y es el programa mejor para todos los que
queremos seguir a Jesús: “Él decreció, se anonadó en la cruz, para que
resplandeciera el amor misercirodioso de Dios”.
En Jesús nos liberamos de las ataduras del Dios Poder
y nos adentramos en la experiencia única del Dios Amor. Sólo en la medida que
seamos capaces de amor, podremos conocer a Dios. Jesús nos invita a buscar la
experiencia del encuentro con Dios. No hay que demostrar la existencia de Dios,
la existencia de la Luz, sino adentrarte en la experiencia del amor – aunque a
veces nos cueste trabajo comprender - y
abrir los ojos para ver. Experimentar que Dios es amor para mí, como lo vivió
Jesús y así lo enseñó, sería lo esencial y único de nuestro acercamiento a Él.
Jesús es transparencia total: “¡quien me ha visto a mí, ha
visto al Padre”!. Pero el conflicto está presente en su vida al no ser
comprendido ni escuchado. Sus adversarios, por no abrirse a Dios y por
agarrarse a sus propias ideas aquí en la tierra, no son capaces de entender el
significado profundo de las cosas que Jesús vive, dice y hace. Al final, este
malentendido llevará a los judíos a detener y condenar a Jesús.
Jesús nos habla del “inmenso corazón de Dios”
actuando en Él, y en nosotros, por el Espíritu derramado en la vida. Nos invita
a abrirnos a la gracia del Espíritu que hace todas las cosas nuevas y nos ayuda
a entender y vivir los valores del Reino de Dios. Creemos que sus palabras son
Espíritu y vida. Y nos entregará, tras su resurrección, el mismo Espíritu que
nos ayudará a recordar y a entenderlo todo (Jn 14,26; 16,12-13). Este Espíritu
nos hará ser testigos del evangelio; de la verdad y de la vida, sirviendo en
espíritu y en verdad.
La fe cristiana nos tiene que ayudar a vivir la
experiencia profunda del Espíritu en nuestra vida. Somos cristianos en el
espíritu de Cristo Resucitado. El Padre ama al Hijo entregándolo todo en sus
manos, y en Jesús todos somos amados y renovados con el don de la fe. Por esto, quien acepta a Jesús y cree en
Jesús ya tiene la vida eterna, semillas de plenitud en esta tierra, para
caminar por las huellas de la fe en el seguimiento a los valores del Reino, e
intentar vivir y renovar en nosotros toda la creación que Dios nos ha dado para
respetar, hacerla germinar y que de fruto abundante. Quien no cree en Jesús no
hace opción por Él; no abre su existencia a la experiencia del Resucitado; no
vive la experiencia del Espíritu y se
pone a sí mismo fuera de esta historia. Dios respetará siempre nuestra libertad
y nuestras opciones personales.
Os animo a que este tiempo de Pascua sea un verdadero
encuentro con el Resucitado. Dediquemos tiempo a la escucha de su Palabra y a
la oración personal y en familia. En el Espíritu, que Jesús nos da sin medida,
se renueva nuestra fe y nuestra esperanza, porque creemos en el amor de Dios
entregado en su Hijo. Recibid, como
escucha en la tele mi amigo Paco Nieto, abrazos virtuales y saludos a raudales.
¡Os quiero mucho!

