GUARDAR Y VIVIR SU
PALABRA
Queridos feligreses y amigos:
¡Otro día más, otro día menos! Con esta esperanza me
levanto todos los días. Espero que también vosotros. Nuestra misión es seguir
las normas que nos han dado y confiar en que esto pase cuanto antes,
especialmente por las personas que nos dejan y por el sufrimiento y desolación
que se está generando en la sociedad. Y ser muy agradecidos con quienes están
trabajando y velando por nuestras vidas. ¡Feliz jueves!
El evangelio de san Juan que estamos proclamando en estos
días ( Jn 8, 51-59) nos sigue adentrando en el ser profundo de la vida de
Jesús. Está abriendo de par en par toda su interioridad ante los que le
escuchan y también ante nosotros. Se encuentra como tantas veces en el templo
de Jerusalén y ante sus oyentes manifiesta su íntima unión con el Padre: “ Conozco a Dios y guardo su Palabra”. Conocer
y amar se pueden identificar en esta expresión: amo a Dios y guardo su Palabra.
A la vez que Él se siente profundamente amado por su Padre, con una plena
confianza de Hijo, y que le llevará a sortear las dificultades de la vida y
asumir las incomprensiones de sus oyentes, que tiempo después apuntarán
directamente a la Cruz.
Necesitamos conocer y amar como Jesús. Conocer más el
valor de la vida y el valor de los demás para amar más y mejor. Buscamos el
sentido de la vida en infinidad de cosas y tendremos que poner la mirada del
sentido en el amor a nuestros semejantes, los próximos y los lejanos que nos
reclaman en algún momento. En esta situación, tan difícil como dramática, se está
hablando mucho de cambio de valores y de actitudes, con grandes signos de entrega,
gratuidad y servicio, en busca de una auténtica fraternidad. Si nosotros, los
cristianos, buscamos sentido en el amor de Dios tendremos que optar por una
vivencia de amor, de fraternidad y de servicio a la persona, situándola en el
centro de nuestras decisiones. En estos días nos estamos dando cuanta del
inmenso valor que tienen los demás para cada uno de nosotros y cuánto los
necesitamos. Aprendamos esta lección para siempre y que afecte a nuestra vida.
Hoy me quiero quedar con otra frase del evangelio: “Quien guarda mi palabra no conocerá lo que
es morir para siempre”. Aferrarnos a esta invitación de Jesús en estos días
en los que hablamos de enfermedad y muertes constantemente con sus nombres
y apellidos; hablamos de dolor y de miedo; hablamos de desolación y de
incertidumbres. Está siendo muy dura la realidad en la que vivimos. Sabemos que
somos finitos y que la muerte forma parte de la condición humana. Conseguimos muchas
cosas en la vida que nos dan cotas de felicidad, pero hemos de buscar la
plenitud, y esta nos la da Dios en su Hijo Jesús.
Lo que ocurre es que este Dios en su Hijo es débil porque
vivió igual que cualquier persona, sometido al sufrimiento, al dolor y a la
alegría propias de la vida, y llegó a vivir el acontecimiento de la muerte.
Pero Jesús siempre hizo el bien entregándose de verdad y de vida a los demás.
Así, su vida es plenitud de sentido: en el amor, en la fraternidad, en la
esperanza, en la alegría, en el encuentro con el que sufre, en el dolor de la
pérdida de seres queridos, en el trabajo por dar vida y velar por ella. Tenemos
tanto que aprender de este Jesús y dejarnos ya de creer en un “Dios super
estrella”, más digno de espectáculo que de la verdad propia del evangelio. Esta
plenitud de vida adquiere más fuerza aún en nuestros días porque es Jesús quien
ayuda con su presencia y quien fortalece nuestra esperanza en el amor recibido
y donado a quienes lo necesitan.
Que no perdamos la esperanza. Pidamos a Dios que nos
aleje del pesimismo; que ayude nuestra debilidad en las realidades adversas por
las que pasamos en la vida y que nos crean desconcierto e inestabilidad; y que
creamos profundamente en Él, que es “plenitud de vida, vida abundante, vida
eterna”.
Hagamos una parada en el camino de hoy y demos gracias a
Dios por todas las personas que conocemos y queremos. Que siempre tengamos
cerca una mano que sostenga la nuestra, y nos anime en el camino cotidiano.
Pensemos que en esa mano que nos sostiene podemos apreciar la mano del Padre
que siempre nos acompaña.
Os mando, por este medio digital, un fuerte abrazo.

