jueves, 2 de abril de 2020


GUARDAR Y VIVIR SU PALABRA

Queridos feligreses y amigos:
¡Otro día más, otro día menos! Con esta esperanza me levanto todos los días. Espero que también vosotros. Nuestra misión es seguir las normas que nos han dado y confiar en que esto pase cuanto antes, especialmente por las personas que nos dejan y por el sufrimiento y desolación que se está generando en la sociedad. Y ser muy agradecidos con quienes están trabajando y velando por nuestras vidas. ¡Feliz jueves!

El evangelio de san Juan que estamos proclamando en estos días ( Jn 8, 51-59) nos sigue adentrando en el ser profundo de la vida de Jesús. Está abriendo de par en par toda su interioridad ante los que le escuchan y también ante nosotros. Se encuentra como tantas veces en el templo de Jerusalén y ante sus oyentes manifiesta su íntima unión con el Padre: “ Conozco a Dios y guardo su Palabra”. Conocer y amar se pueden identificar en esta expresión: amo a Dios y guardo su Palabra. A la vez que Él se siente profundamente amado por su Padre, con una plena confianza de Hijo, y que le llevará a sortear las dificultades de la vida y asumir las incomprensiones de sus oyentes, que tiempo después apuntarán directamente a la Cruz.

Necesitamos conocer y amar como Jesús. Conocer más el valor de la vida y el valor de los demás para amar más y mejor. Buscamos el sentido de la vida en infinidad de cosas y tendremos que poner la mirada del sentido en el amor a nuestros semejantes, los próximos y los lejanos que nos reclaman en algún momento. En esta situación, tan difícil como dramática, se está hablando mucho de cambio de valores y de actitudes, con grandes signos de entrega, gratuidad y servicio, en busca de una auténtica fraternidad. Si nosotros, los cristianos, buscamos sentido en el amor de Dios tendremos que optar por una vivencia de amor, de fraternidad y de servicio a la persona, situándola en el centro de nuestras decisiones. En estos días nos estamos dando cuanta del inmenso valor que tienen los demás para cada uno de nosotros y cuánto los necesitamos. Aprendamos esta lección para siempre y que afecte a nuestra vida.

Hoy me quiero quedar con otra frase del evangelio: “Quien guarda mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre”. Aferrarnos a esta invitación de Jesús en estos días en los que hablamos de enfermedad y muertes constantemente con sus nombres y apellidos; hablamos de dolor y de miedo; hablamos de desolación y de incertidumbres. Está siendo muy dura la realidad en la que vivimos. Sabemos que somos finitos y que la muerte forma parte de la condición humana. Conseguimos muchas cosas en la vida que nos dan cotas de felicidad, pero hemos de buscar la plenitud, y esta nos la da Dios en su Hijo Jesús.


Lo que ocurre es que este Dios en su Hijo es débil porque vivió igual que cualquier persona, sometido al sufrimiento, al dolor y a la alegría propias de la vida, y llegó a vivir el acontecimiento de la muerte. Pero Jesús siempre hizo el bien entregándose de verdad y de vida a los demás. Así, su vida es plenitud de sentido: en el amor, en la fraternidad, en la esperanza, en la alegría, en el encuentro con el que sufre, en el dolor de la pérdida de seres queridos, en el trabajo por dar vida y velar por ella. Tenemos tanto que aprender de este Jesús y dejarnos ya de creer en un “Dios super estrella”, más digno de espectáculo que de la verdad propia del evangelio. Esta plenitud de vida adquiere más fuerza aún en nuestros días porque es Jesús quien ayuda con su presencia y quien fortalece nuestra esperanza en el amor recibido y donado a quienes lo necesitan.
 
Que no perdamos la esperanza. Pidamos a Dios que nos aleje del pesimismo; que ayude nuestra debilidad en las realidades adversas por las que pasamos en la vida y que nos crean desconcierto e inestabilidad; y que creamos profundamente en Él, que es “plenitud de vida, vida abundante, vida eterna”.

Hagamos una parada en el camino de hoy y demos gracias a Dios por todas las personas que conocemos y queremos. Que siempre tengamos cerca una mano que sostenga la nuestra, y nos anime en el camino cotidiano. Pensemos que en esa mano que nos sostiene podemos apreciar la mano del Padre que siempre nos acompaña.

Os mando, por este medio digital, un fuerte abrazo.