domingo, 19 de abril de 2020


¡ SEÑOR  MÍO, … Y DIOS MÍO !

Queridos feligreses y amigos:
¡Feliz domingo de la octava de Pascua! Jesús sigue estando en medio de nosotros, en esta realidad tan compleja, y nos invita a ser personas de esperanza. Más aún en este domingo que llamamos de la “Divina Misericordia”. Él es la presencia del corazón misericordioso del Padre que inunda nuestra realidad con los dones de su compasión y de su amor. ¡Vivamos un domingo de luz, reflejo del domingo de Resurrección!

El grupo de los apóstoles y las mujeres se encuentran encerrados en aquella casa “el primer día de la semana”. Con cuanta fuerza lo proclama así el evangelio de san Juan. Este primer día es  memoria y actualización, en la primera comunidad cristiana, de la importancia del domingo: celebramos la resurrección del Señor y el día de la comunidad. Es bueno que, ahora que estamos en nuestras casas, nos demos cuenta de la importancia que tiene el domingo en la vida cristiana. ¿Es el domingo el día de nuestra fe? ¿Nos sentimos invitados a sentarnos en torno a la mesa para alimentarnos del Señor y crecer en lazos de fraternidad con nuestros hermanos? Sería muy importante y necesario para la Iglesia que, en este tiempo de ausencia de la celebración comunitaria, valoremos esta importancia clave en nuestro caminar cristiano. El domingo fortalece la fe de la Iglesia; y la Iglesia, como comunidad, se refuerza en cada domingo celebrado en comunidad.

Pero aún “era de noche” aquel primer día. Seguían dolidos y miedosos por los acontecimientos que habían ocurrido. La tiniebla tendía aún su manto oscuro que velaba la esperanza y el conocimiento en su corazón. Jesús se presenta en medio de ellos. Cuando nos reunimos en su nombre, cuando oramos, acompañamos y aprendemos la fe, compartimos la vida y ejercemos la caridad, Jesús se encuentra en medio de nosotros. ¡Qué buena lección de vida! Podemos estar mal, en oscuridades y tristezas pero, abriendo el corazón a la fe, Jesús hace acto de presencia en nosotros.

Se presenta con dos claves: la primera es “Paz a vosotros”. Jesús no les va a echar nada en cara. No les va a decir que salieron corriendo, que otros se escondieron, ni que alguno le negó. Él los quiere reconciliados con aquella situación de debilidad por la que pasaron. Sufrieron desde el cariño y la cercanía que compartieron con Jesús; por eso necesitan ahora sentirse bien consigo mismo. Necesitan serenidad y paz en su vida.

Además, le descubren en los signos de su pasión. En el recuerdo y la memoria celebrada de que “es el Señor”. El mismo que se ofreció por todos; el que vivió el servicio y la entrega hasta el final. Lo descubren en aquellas huellas de la cruz en la que hemos sido amados de forma única. No es un fantasma, no es una idea, … es la fe quien le reconoce vivo y presente en medio de sus vidas.

Esta experiencia “les llenó de profunda alegría”. Segunda clave fundamental en este encuentro. La alegría que brota del reconocimiento del crucificado que ha resucitado les llevará a entregarlo a los demás con sus palabras y con el testimonio de sus vidas. ¡Qué bien hace al anuncio del evangelio la alegría! Necesitamos contagiarnos de esta alegría del Resucitado. No es la carcajada fácil en el momento oportuno; es la alegría que brota en el interior tras el encuentro con el Señor. No podemos, los cristianos, ir por la vida con “cara de vinagre” haciendo escrúpulos de cuanto nos rodea. Contagiaremos la fe si la vivimos como una buena noticia y la mostraremos con el signo de la alegría por el encuentro con el Señor.

Falta un apóstol en aquel grupo. Falta Tomas que aún sigue sufriendo su soledad, el miedo y la herida abierta tras la muerte del Señor. Este apóstol no es un incrédulo como lo pintamos en la religiosidad. Aún no ha descubierto al Señor Resucitado en su vida. Cada persona tiene y vive un proceso de fe diferente. No somos todos iguales ni llegamos a la misma hora. A Tomas aún no le había llegado ni su hora ni el momento. La fe no es imposición, es una propuesta a la que libremente adhieres tu vida para seguir a Jesús.

Pero cuando Tomas tiene la experiencia del Señor Resucitado le confiesa abiertamente y sin titubear; le entrega su corazón y sus sentimientos en unas pocas palabras: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Ya ha tomado la opción por el Señor; ya le ha visto y descubierto en su experiencia de fe; ya se ha transformado en apóstol y en enviado de verdad.

Es un evangelio, el de hoy, muy importante para leerlo y releerlo. Hagamos la experiencia de adentrarnos en él y hagamos opción por seguir a Jesús, lo confesamos en nuestra vida, desde la paz y la alegría, como “¡Señor mío, y Dios mío”!. Os deseo, de corazón, mucha esperanza y muchos ánimos. Abrazos, … ¡madre, cunado lleguen los de verdad!.