¡ SEÑOR MÍO, … Y DIOS MÍO !
Queridos feligreses
y amigos:
¡Feliz domingo de
la octava de Pascua! Jesús sigue estando en medio de nosotros, en esta realidad
tan compleja, y nos invita a ser personas de esperanza. Más aún en este domingo
que llamamos de la “Divina Misericordia”. Él es la presencia del corazón misericordioso
del Padre que inunda nuestra realidad con los dones de su compasión y de su
amor. ¡Vivamos un domingo de luz, reflejo del domingo de Resurrección!
El grupo de los
apóstoles y las mujeres se encuentran encerrados en aquella casa “el primer día
de la semana”. Con cuanta fuerza lo proclama así el evangelio de san Juan. Este
primer día es memoria y actualización,
en la primera comunidad cristiana, de la importancia del domingo: celebramos la
resurrección del Señor y el día de la comunidad. Es bueno que, ahora que
estamos en nuestras casas, nos demos cuenta de la importancia que tiene el
domingo en la vida cristiana. ¿Es el domingo el día de nuestra fe? ¿Nos
sentimos invitados a sentarnos en torno a la mesa para alimentarnos del Señor y
crecer en lazos de fraternidad con nuestros hermanos? Sería muy importante y
necesario para la Iglesia que, en este tiempo de ausencia de la celebración
comunitaria, valoremos esta importancia clave en nuestro caminar cristiano. El
domingo fortalece la fe de la Iglesia; y la Iglesia, como comunidad, se
refuerza en cada domingo celebrado en comunidad.
Pero aún “era de noche” aquel primer día. Seguían
dolidos y miedosos por los acontecimientos que habían ocurrido. La tiniebla
tendía aún su manto oscuro que velaba la esperanza y el conocimiento en su
corazón. Jesús se presenta en medio de ellos. Cuando nos reunimos en su nombre,
cuando oramos, acompañamos y aprendemos la fe, compartimos la vida y ejercemos
la caridad, Jesús se encuentra en medio de nosotros. ¡Qué buena lección de
vida! Podemos estar mal, en oscuridades y tristezas pero, abriendo el corazón a
la fe, Jesús hace acto de presencia en nosotros.
Se presenta con dos
claves: la primera es “Paz a vosotros”. Jesús
no les va a echar nada en cara. No les va a decir que salieron corriendo, que
otros se escondieron, ni que alguno le negó. Él los quiere reconciliados con
aquella situación de debilidad por la que pasaron. Sufrieron desde el cariño y
la cercanía que compartieron con Jesús; por eso necesitan ahora sentirse bien
consigo mismo. Necesitan serenidad y paz en su vida.
Además, le
descubren en los signos de su pasión. En el recuerdo y la memoria celebrada de
que “es el Señor”. El mismo que se
ofreció por todos; el que vivió el servicio y la entrega hasta el final. Lo
descubren en aquellas huellas de la cruz en la que hemos sido amados de forma
única. No es un fantasma, no es una idea, … es la fe quien le reconoce vivo y
presente en medio de sus vidas.
Esta experiencia “les llenó de profunda alegría”. Segunda
clave fundamental en este encuentro. La alegría que brota del reconocimiento
del crucificado que ha resucitado les llevará a entregarlo a los demás con sus
palabras y con el testimonio de sus vidas. ¡Qué bien hace al anuncio del
evangelio la alegría! Necesitamos contagiarnos de esta alegría del Resucitado.
No es la carcajada fácil en el momento oportuno; es la alegría que brota en el
interior tras el encuentro con el Señor. No podemos, los cristianos, ir por la
vida con “cara de vinagre” haciendo escrúpulos de cuanto nos rodea. Contagiaremos
la fe si la vivimos como una buena noticia y la mostraremos con el signo de la
alegría por el encuentro con el Señor.
Falta un apóstol en
aquel grupo. Falta Tomas que aún sigue sufriendo su soledad, el miedo y la
herida abierta tras la muerte del Señor. Este apóstol no es un incrédulo como
lo pintamos en la religiosidad. Aún no ha descubierto al Señor Resucitado en su
vida. Cada persona tiene y vive un proceso de fe diferente. No somos todos
iguales ni llegamos a la misma hora. A Tomas aún no le había llegado ni su hora
ni el momento. La fe no es imposición, es una propuesta a la que libremente
adhieres tu vida para seguir a Jesús.
Pero cuando Tomas
tiene la experiencia del Señor Resucitado le confiesa abiertamente y sin
titubear; le entrega su corazón y sus sentimientos en unas pocas palabras: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Ya ha tomado
la opción por el Señor; ya le ha visto y descubierto en su experiencia de fe; ya
se ha transformado en apóstol y en enviado de verdad.
Es un evangelio, el
de hoy, muy importante para leerlo y releerlo. Hagamos la experiencia de
adentrarnos en él y hagamos opción por seguir a Jesús, lo confesamos en nuestra
vida, desde la paz y la alegría, como “¡Señor mío, y Dios mío”!. Os deseo, de
corazón, mucha esperanza y muchos ánimos. Abrazos, … ¡madre, cunado lleguen los
de verdad!.

