martes, 5 de mayo de 2020


LA  EXPERIENCIA  DE  ANTIOQUIA 


Queridos feligreses y amigos:
¡Feliz martes! Sintamos la importancia y la necesidad de los demás en el día de hoy. Dediquemos un rato a ser agradecidos con la gente que nos rodea y que nos quiere de verdad; estos días nos ayudan a valorar mucho más a los que aún no podemos ver ni abrazar en la espera de un encuentro feliz con todos ellos. Y recemos por los que nos han dejado y ya se encuentran en la presencia del amor del Padre. Los recordamos con mucho cariño y en la oración nos unimos a sus vidas.

Hoy, en esta reflexión, me gustaría pararme en la primera lectura de la liturgia del día. Es del libro de los Hechos de los Apóstoles ( Hch. 11, 19-26). Vamos a adentrarnos en la Palabra intentando discernir su presencia en nuestra vida. Os invito a leer este texto y a intentar hacer una reflexión desde su narración.

San Esteban era muy querido en la primera comunidad apostólica; anunció el mensaje de la fe y fue el primer mártir de la misma. Ante este hecho, ocurrido en Jerusalén, muchos de aquella primera comunidad cristiana viven el miedo y, ante posibles persecuciones y más muertes, se dispersan sin saber bien a donde dirigirse.: unos a Fenicia, otros a Chipre y Antioquía. Es curioso que desde el mismo comienzo se están viviendo signos de debilidad. Acaban llegando a lugares que no conocen, con cultura y tradiciones distintas a las suyas. En Jerusalén, a pesar de las dificultades, estaban juntos. Ahora andan dispersos y en permanente búsqueda de tranquilidad.

Ocurre lo inesperado: “algunos al llegar a Antioquía se pusieron a hablar a los griegos anunciándoles al Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos , gran número creyó y se convirtió al Señor”. Nos encontramos con una experiencia diferente: la huida se convierte en experiencia de anuncio y de valorar lo recibido, de testimonio de vida y de fe; y de expansión de la Buena Noticia del Evangelio. La mano de Dios acompaña los pasos de aquellos primeros testigos desde el centro de sus propias vidas. Pueden descubrir que no están solos, sino que la fuerza y la presencia del Resucitado actúa en ellos abriendo posibilidades nuevas al Reino de Dios en este mundo.

Nos adentramos ahora en nuestras vidas y en nuestra experiencia en estos más de cincuenta días. Estamos ante una realidad muy dura que no nos gusta nada de nada por muy bien que la queramos maquillar. Muchísimas vidas y proyectos familiares se han roto al encontrarse con el acontecimiento de la muerte; muchas miles de personas fallecidas que han dejado desconsuelo en familiares al no poder velar y despedirlas como hubieran querido; la misma enfermedad ha dejado secuelas en otros miles de enfermos que, aunque recuperados, miran con recelo el futuro; por no hablar del estrago que ha causado en tantas miles de personas de la sanidad, los primeros en dar la cara y trabajar a pleno rendimiento. Nos hemos sentido muy vulnerables y con miedo, faltos de libertad y, en muchas situaciones, la misma casa se ha vivido casi en una cárcel. Ahora está llegando la otra crisis, la económica y social que también está causando dolor, inseguridad, desesperación y pobreza, desempleo, y mucha incertidumbre sin tener las cosas claras.


Nuestros templos siguen cerrados hasta nueva orden, y no será como antes de esta pandemia. Nuestras comunidades parroquiales se han alimentado de la fe en sus casas y por medios de comunicación, pero nos falta la comunión cercana y fraterna de los demás. Mucha tecnología, pero somos personas de carne y hueso, y tenemos los sentimientos a flor de piel.

Y nos preguntamos: ¿cuándo volveremos a una cotidianeidad más extensiva? ¿cuándo podremos salir y estar con los demás con seguridad y tranquilidad? Y la verdad es que no lo sabemos. Hay apuntes de ir caminando hacia una “nueva normalidad” pero estamos inmersos en fases concretas, con falta de seguridad y nuestro futuro se reduce a no mirar más allá de quince o veinte días.

Por poco que miremos nuestra experiencia vamos a descubrir que, en nuestros mismos hogares, hemos vivido una verdadera dispersión: hemos salido de nuestra recordada y apreciada rutina para adentrarnos en ese futuro incierto. Pero hemos seguido siendo Iglesia como aquellos primeros testigos; hemos hecho de nuestros hogares templos de fe y de oración; nos hemos interesado por los que más han sufrido y, aunque haya sido por teléfono, no los hemos dejado solos; hemos rezado por todos y especialmente por los que nos han dejado; la caridad y el compartir han estado vivos y presentes en nuestro hacer personal y comunitario; nos preocupan los más mayores y los que tienen alguna patología que los hace ser más débiles y los cuidamos y mimamos; de diferentes formas y con nuevas tecnologías hemos llevado la fe y la Palabra de Dios a todos los que han querido escucharla y celebrarla de una forma diferente pero muy real; estamos deseando vernos y celebrar juntos en nuestras parroquias, y esa necesidad nos tiene que llevar a vivir la misma fe de forma nueva, con capacidad de transmisión y experiencia de servicio a los demás.

Podemos pensar que aquella experiencia de Antioquía se está viviendo en nuestra experiencia cristiana durante estos más de cincuenta días. Podemos prolongar el encuentro con Jesús Resucitado abriéndole nuestro corazón para que siempre permanezca en él y nos lance al encuentro con el hermano desde su mensaje de esperanza y de vida. Os quiero y os echo de menos. Os sigo mandando abrazos y saludos virtuales y a raudales.