LA EXPERIENCIA DE ANTIOQUIA
Queridos feligreses y amigos:
¡Feliz martes! Sintamos la importancia y la necesidad de
los demás en el día de hoy. Dediquemos un rato a ser agradecidos con la gente
que nos rodea y que nos quiere de verdad; estos días nos ayudan a valorar mucho
más a los que aún no podemos ver ni abrazar en la espera de un encuentro feliz
con todos ellos. Y recemos por los que nos han dejado y ya se encuentran en la
presencia del amor del Padre. Los recordamos con mucho cariño y en la oración
nos unimos a sus vidas.
Hoy, en esta reflexión, me gustaría pararme en la primera
lectura de la liturgia del día. Es del libro de los Hechos de los Apóstoles ( Hch. 11, 19-26). Vamos a adentrarnos
en la Palabra intentando discernir su presencia en nuestra vida. Os invito a
leer este texto y a intentar hacer una reflexión desde su narración.
San Esteban era muy querido en la primera comunidad
apostólica; anunció el mensaje de la fe y fue el primer mártir de la misma.
Ante este hecho, ocurrido en Jerusalén, muchos de aquella primera comunidad
cristiana viven el miedo y, ante posibles persecuciones y más muertes, se
dispersan sin saber bien a donde dirigirse.: unos a Fenicia, otros a Chipre y
Antioquía. Es curioso que desde el mismo comienzo se están viviendo signos de
debilidad. Acaban llegando a lugares que no conocen, con cultura y tradiciones
distintas a las suyas. En Jerusalén, a pesar de las dificultades, estaban
juntos. Ahora andan dispersos y en permanente búsqueda de tranquilidad.
Ocurre lo inesperado: “algunos al llegar a Antioquía se
pusieron a hablar a los griegos anunciándoles al Señor Jesús. Como la mano del
Señor estaba con ellos , gran número creyó y se convirtió al Señor”. Nos
encontramos con una experiencia diferente: la huida se convierte en experiencia
de anuncio y de valorar lo recibido, de testimonio de vida y de fe; y de
expansión de la Buena Noticia del Evangelio. La mano de Dios acompaña los pasos
de aquellos primeros testigos desde el centro de sus propias vidas. Pueden
descubrir que no están solos, sino que la fuerza y la presencia del Resucitado
actúa en ellos abriendo posibilidades nuevas al Reino de Dios en este mundo.
Nos adentramos ahora en nuestras vidas y en nuestra
experiencia en estos más de cincuenta días. Estamos ante una realidad muy dura
que no nos gusta nada de nada por muy bien que la queramos maquillar.
Muchísimas vidas y proyectos familiares se han roto al encontrarse con el
acontecimiento de la muerte; muchas miles de personas fallecidas que han dejado
desconsuelo en familiares al no poder velar y despedirlas como hubieran
querido; la misma enfermedad ha dejado secuelas en otros miles de enfermos que,
aunque recuperados, miran con recelo el futuro; por no hablar del estrago que
ha causado en tantas miles de personas de la sanidad, los primeros en dar la
cara y trabajar a pleno rendimiento. Nos hemos sentido muy vulnerables y con
miedo, faltos de libertad y, en muchas situaciones, la misma casa se ha vivido
casi en una cárcel. Ahora está llegando la otra crisis, la económica y social
que también está causando dolor, inseguridad, desesperación y pobreza,
desempleo, y mucha incertidumbre sin tener las cosas claras.
Nuestros templos siguen cerrados hasta nueva orden, y no
será como antes de esta pandemia. Nuestras comunidades parroquiales se han
alimentado de la fe en sus casas y por medios de comunicación, pero nos falta
la comunión cercana y fraterna de los demás. Mucha tecnología, pero somos
personas de carne y hueso, y tenemos los sentimientos a flor de piel.
Y nos preguntamos: ¿cuándo volveremos a una cotidianeidad
más extensiva? ¿cuándo podremos salir y estar con los demás con seguridad y
tranquilidad? Y la verdad es que no lo sabemos. Hay apuntes de ir caminando
hacia una “nueva normalidad” pero estamos inmersos en fases concretas, con
falta de seguridad y nuestro futuro se reduce a no mirar más allá de quince o
veinte días.
Por poco que miremos nuestra experiencia vamos a
descubrir que, en nuestros mismos hogares, hemos vivido una verdadera
dispersión: hemos salido de nuestra recordada y apreciada rutina para
adentrarnos en ese futuro incierto. Pero hemos seguido siendo Iglesia como
aquellos primeros testigos; hemos hecho de nuestros hogares templos de fe y de
oración; nos hemos interesado por los que más han sufrido y, aunque haya sido
por teléfono, no los hemos dejado solos; hemos rezado por todos y especialmente
por los que nos han dejado; la caridad y el compartir han estado vivos y
presentes en nuestro hacer personal y comunitario; nos preocupan los más
mayores y los que tienen alguna patología que los hace ser más débiles y los
cuidamos y mimamos; de diferentes formas y con nuevas tecnologías hemos llevado
la fe y la Palabra de Dios a todos los que han querido escucharla y celebrarla
de una forma diferente pero muy real; estamos deseando vernos y celebrar juntos
en nuestras parroquias, y esa necesidad nos tiene que llevar a vivir la misma
fe de forma nueva, con capacidad de transmisión y experiencia de servicio a los
demás.
Podemos pensar que aquella experiencia de Antioquía se
está viviendo en nuestra experiencia cristiana durante estos más de cincuenta
días. Podemos prolongar el encuentro con Jesús Resucitado abriéndole nuestro
corazón para que siempre permanezca en él y nos lance al encuentro con el
hermano desde su mensaje de esperanza y de vida. Os quiero y os echo de menos.
Os sigo mandando abrazos y saludos virtuales y a raudales.

