martes, 26 de mayo de 2020


PRESENTES EN LA ORACIÓN DE JESÚS

Queridos feligreses y amigos:
Un día más para que sea un día menos en esta situación compleja. Nos acompañamos con las palabras y con la oración de cada uno de nosotros. Jesús nos enseña a rezar y a poner la vida y el corazón en las manos del Padre. Vamos a dejarnos acompañar en estos días por su oración. ¡ Feliz martes!

Hoy comenzamos la lectura continuada del capítulo 17 del evangelio de san Juan: la llamada “oración sacerdotal” de Jesús. Son las palabras que Jesús dirige al Padre en su despedida. Esta oración está llena de intensidad, de vida compartida, de misión cumplida y de mucha esperanza.

San Juan escribe a las comunidades para fortalecerlas en la misión encomendada y que sean testigos del evangelio. Ellas guardarán estas reflexiones para poder entender mejor el momento difícil que atraviesan: tribulación, abandono, dudas, persecución. Estas palabras introducen la vida de aquellos primeros cristianos – y también la nuestra – en esta larga plegaria de Jesús al Padre. Están saliendo a la luz los sentimientos y las preocupaciones que, según el evangelista, estaban en Jesús en el momento de salir de este mundo hacia el Padre. Necesitamos contemplar estas palabras dirigidas ahora a cada uno de nosotros, en las que Jesús sigue orando e intercediendo por nuestra vida y la de todos los hombres.

El Señor se está despidiendo de los suyos y de este mundo. Vuelve al Padre. Sabemos que nunca nos deja solos. Nos acompaña siempre. En la oración siempre lo sentimos cercano.

Vamos a intentar acercarnos a esta primera parte de la oración sacerdotal: necesitamos contemplar que este texto traduce una profunda amistad y pertenencia. Jesús pertenece al Padre; pero también todos sus discípulos y todos los que hemos recibido la gracia bautismal. El proyecto de su vida ha sido mostrar el rostro misericordioso de Dios y vivir su voluntad en esta tierra y en esta historia. Ahora intercede por sus amigos, por sus discípulos,por los que han seguido y lo han conocido. Necesitamos adentrarnos en estas palabras para saber que Jesús hoy ora por cada uno de nosotros. Somos el centro de su oración y en ella encontraremos amor, paz y mucha confianza en el Dios que nunca abandona. No son palabras para conocer y saber de memoria, con mucho razonamiento. Son palabras para llevarlas al centro de la vida y acoger a Jesús que ora por cada uno de nosotros.

“Padre, ¡ha llegado la hora!" (Jn 17,1-3): Es la hora largamente esperada y que tantas veces aparece en este cuarto evangelio.  Es el momento de la glorificación que se hará a través de la pasión, muerte y resurrección. Está llegando al final de su misión y Jesús mira hacia atrás; hace lectura de su vida y de los que están con Él. En esta plegaria expresa el sentimiento más íntimo de su corazón y el descubrimiento más profundo de su alma: la presencia del Padre en su vida. Acude al Padre como lo hizo tantas veces desde la confianza plena de Hijo amado. Sabe que todo su proyecto llegará a consumarse porque el amor se entrega con gratuidad hasta derramarlo en la última gota de su vida.

“¡Padre, reconocerán que vengo de Ti!” (Jn 17,4-8). Siempre ha mostrado el rostro de Dios en sus palabras, en sus signos y en toda su vida. Jesús ha manifestado la misericordia de Dios a toda la humanidad. Él no vivió para sí. Se entregó y se dio a todos para que pudiéramos descubrir la profundidad y el amor de Dios que brotan de sus palabras. En Jesús reconocemos al Dios que nos ama.

“Esta es la vida eterna:que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu Enviado, Jesucristo”. La vida eterna comienza en nuestra misma realidad en la medida que conocemos y amamos a Jesús y descubrimos el amor de Dios Padre. Este mismo amor llega a nuestro corazón y, llenándonos de él, comenzamos a vivir las primicias de esta vida eterna en nuestra realidad terrena. Los cristianos tenemos que ser signos de este amor eterno entre las costuras de nuestra existencia.

“Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,9-11a). En el momento de dejar el mundo, Jesús presenta al Padre su preocupación y reza por los que le han acompañado. Ellos continúan en el mundo, pero no son del mundo. Son de Jesús, son de Dios, son señales de Dios y de Jesús en este mundo. ¿Qué tenemos que vivir nosotros para ser signos y señales de Dios en esta realidad que vivimos?

¡Feliz día! Os deseo mucha paz en la vida y que acudamos a la oración dejándonos acompañar por Jesús. Un fuerte, y muy virtual aún, abrazo.