viernes, 29 de mayo de 2020


¡SEÑOR, TÚ LO SABES TODO!

Queridos feligreses y amigos:

Amanece muy temprano y cada mañana nos trae una luz que lo renueva todo. Que este día os llene de esperanza y nos traiga buenas noticias.

El evangelio de hoy y de mañana presentan el último encuentro de Jesús con sus discípulos. Fue un reencuentro de celebración, marcado especialmente por el cariño. En aquel amanecer se acabaron las prisas, se olvidó el cansancio de la pesca nocturna, era Él y estaba con ellos. En medio de sus vidas vuelve la alegría de los pescadores que han tenido una magnífica pesca y no se han roto las redes. Otra vez viven la experiencia de la fe que lo reconoce vivo en las tareas de la vida : “ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle ¿quién eres? Pues sabían que era el Señor.” Se encontraban seguros y contentos junto a Él. Vieron aquel modo suyo de partir y repartir el pan, y sus ojos terminaron de abrirse como los de los dos compañeros de Emaús.

Jesús sana las fuerzas de aquellos apóstoles preparándoles un desayuno al amanecer: pan y peces. Este es el Dios de lo sencillo y de lo cotidiano; en los pequeños detalles aparece su amor. Los invita a sentarse con Él; y les envía a traer algunos de los peces que estaban en las redes porque Él cuenta con ellos, con nosotros, por poco que podamos aportar.

Terminada la comida, Jesús llama a Pedro y le pregunta tres veces: "¿Me amas?". Tres veces, porque fue por tres veces que Pedro negó a Jesús (Jn 18,17.25-27). Después de tres respuestas afirmativas, Pedro recibe el encargo de cuidar a la comunidad naciente. Para aquellas primeras comunidades la fuerza que las sustenta y que las mantiene unidas no es la doctrina, sino el amor. La práctica del amor se irá estableciendo en la vida y la persona deja de ser dueña de sí misma. El servicio de amor a los hermanos ocupará todo el ser de la Iglesia y será quien la conduzca por las veredas de la vida.

El Padre quiere hacer una alianza de amor con todos, pero especialmente con Pedro. Aquellas preguntas son un resumen del evangelio. Si todo lo anterior ha sido la manifestación del amor de Cristo, ahora es necesaria la respuesta del hombre; al final de esta Pascua del Resucitado es necesaria nuestra respuesta: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Las preguntas de Jesús versan sobre el amor: aquel mismo amor que le había hecho seguirlo sin pensarlo dos veces y sobre el que Pedro había dado muestras en varias ocasiones. Y en ese mismo amor quedará sanada la herida, porque Jesús le hace comprender que su mirada misericordiosa supera con creces lo sucedido en el pasado, y llega hasta el fondo de su vida para renovar todo.

Dios nos ama y estamos abiertos  a su salvación. Será en este amor donde creceremos en nuestra vocación y este mismo amor nos dará mayor conocimiento de Dios y de Jesús. No nos quedaremos en un conocimiento superficial. Experimentar el amor del Padre es sabernos regenerados en el interior.

En las orillas de aquel lago, Jesús se manifiesta como el salvador de la humanidad de Pedro; podía haberse visto destruida por la negación, se podía haber visto rota y fracasada para siempre, encerrada en sí misma; pero Jesús la rescata de sus mismas ruinas, y la renueva  para que experimente a un Dios que salva, que ama, que acompaña, y que invita: “¡Sígueme!”; y aquí, otra vez de nuevo,  se prolonga el eco de aquella primera llamada en las orillas de aquel lago de Galilea.

La Iglesia  nos ofrece la posibilidad de encontrarnos con la transparencia de Jesús que amó profundamente a Pedro y que le volvió a llamar después de su caída. Lo que da sentido de unidad a la Iglesia, y a las comunidades parroquiales, es un profundo conocimiento contemplativo de Jesús humilde y misericordioso, siempre dispuesto al encuentro sanador porque nos ama con entrañas de misericordia y de compasión.

Os dejo unas palabras del Cardenal Martini que ya propuse para meditarlas en los Ejercicios Espirituales en la vida parroquial: “Jesús devuelve la confianza a Pedro. Pedro ha pasado por la prueba, ha sido acrisolado a fuego, y está purificado de sus perplejidades, de su fragilidad, de sus temores. Ahora puede experimentar a Jesús como el Dios que le devuelve la confianza; ahora puede comprender su vocación – aquella primera llamada a orillas del lago – como don gratuito de Dios, no como orgullosa conquista de su propia fidelidad.”

¡Feliz viernes! Nos acercamos al acontecimiento de Pentecostés. Disfrutemos este día y de la compañía de los demás. Mis bendiciones, que son de las que valen , …